En aquel aciago día de primavera todo cambió. Era el 20 de Mayo de 2016. Aunque el pueblo ya conocía cuál había sido el resultado de la decisión: un miserable y asqueroso pacto entre los diferentes grupos políticos de la Cámara castellano-leonesa y el PACMA. Todo fue un apaño. Quienes estuvimos presentes como observadores en el “debate” pudimos comprobar claramente que todo era una sucia e ilegal maniobra. Y que la calidad de aquellos diputados era lo más parecido a aquella “gente de Málaga”. Como bien la habría calificado despectivamente aquel personaje de la novela El cipote de Archidona – de nuestro recordado y nunca bien ponderado don Camilo José Cela. Si bien, como hemos podido ver a través del tiempo, nos equivocamos. Pues a aquellas “ratas de alcantarilla” las superan hoy otras, que “gobiernan” y desgobiernan nuestra rica y honorable España por los cuatro costados.

En estos momentos, por desgracia, debido a este infortunio político que nos administra con tan poco rigor y moderación, nos hallamos en una especie de ínterin entre el purgatorio y el infierno de Dante, en los que no existen culpas específicas, sino siete giros (pecados capitales) para expiar todas nuestras culpas. De modo que, desde ese punto de vista, sobran todos los códigos y leyes terrenas, ya que, finalmente, nuestro simple paso terrenal servirá para liberarnos de todas las culpas.
Esa parece ser la filosofía que rige actualmente, no sólo a la casta política sino al género humano en general. Una forma enigmática que estigmatiza lo bueno a la vez que minimiza los errores de nuestro comportamiento y decisiones cuando están fuera de la norma natural o de la ley divina. Y que únicamente nos lleva al convencimiento de que, real y verdaderamente, no somos tan malos como creemos. Una idea perversa, que va totalmente en contra de otras formas de pensamiento, como era la de Teresa de Jesús, quien acabaría convencida de que lo peor que podía haber en el interior del ser humano era la falta de conciencia de pecado. Tanto es así que, ciñéndonos al título y al contenido del propio artículo, aclararemos primero qué se entiende por cada uno de los conceptos que conforman el mismo: nostalgia y distorsión.

El primero supone un sentimiento anclado en el pasado que, de hecho, se manifiesta en forma de añoranza. Y generalmente pensando que, como en aquél famoso poema de Jorge Manrique: “…cualquier tiempo pasado/ fue mejor”.
El segundo, la DISTORSIÓN, consiste en la acción de torcer o desequilibrar la disposición de figuras en general, de elementos artísticos, o de presentar hechos, intenciones, etc. deformándolos intencionadamente. En este caso y conectando con la triste experiencia que todos y cada uno de los tordesillanos han vivido en estos últimos años, sería la acción de presentar un hecho, el Toro de la Vega, como algo que, en puridad, no es.
Todos los años, coincidiendo con estas fechas e incluso antes, ya se preparan carteles publicitarios con los que se pretende presentar al que sigue denominándose “Toro de Vega” ante el mundo como si se tratase de un evento único, tradicional y secular. Sin embargo, y pese a que muchos participen de esta idea, todos sabemos que la realidad es otra muy diferente.
Este planteamiento no es una idea caprichosa del que suscribe. Se trata de un posicionamiento que tiene su base en tres aspectos esenciales:

1º – el “decretazo” de mayo de 2016 supone, pese a todas sus posibles irregularidades legales y de contenido histórico, la anulación de un aspecto fundamental, la lidia del animal tal y como se había venido manteniendo (a pie o a caballo) desde hacía siglos. Concretamente, según está documentado, desde el reinado de Pedro I (1334 – 1369).
2º – la supresión de la muerte del astado mediante alanceamiento. Algo que, desde cualquier punto de vista, no se entiende, dado que ya existe constancia documentada de dicha tradición en el Romancero Viejo, con ocasión de festejos reales en los que tomaban parte también príncipes musulmanes.
3º – la supresión de la lidia “con muerte en presencia de público, en espectáculos taurinos populares y tradicionales desde tiempos inmemoriales” (…) con reses de lidia (…) y que tengan una antigüedad de al menos 200 años”.

De todo ello se deriva lo siguiente: se prohíbe en aquellos casos en los que la tradición tenga al menos 200 años. O sea, si tuviera más antigüedad, con mayor motivo. Muestra evidente de una intención manifiesta y retorcida: acabar definitivamente con una tradición histórica. No porque se trate de una lidia con alanceamiento, sino porque es una costumbre muy arraigada. O lo que es lo mismo: cualquier cosa o costumbre que tenga demasiado arraigo en el tiempo podrá ser suprimida si quienes tienen el poder lo consideran oportuno o conveniente.
A partir de aquella situación decretal incalificable generada por la Junta castellanoleonesa, sobradamente conocida por los habitantes de la villa, el hecho de continuar en aquella idea magnífica de dar a conocer a quienes nunca han tenido la oportunidad de ver el Toro de Vega como si no hubiese ocurrido nada sólo es la expresión continuada de un fracaso. Un sentimiento anclado en el pasado que, aunque nos cueste aceptarlo, ha pasado a convertirse en una distorsión de la cosa. O dicho de otra forma: en una alteración de la realidad. Algo en lo que no deberíamos mantenernos, dado que es una falsedad; una mentira que con el tiempo puede acabar generándonos más perjuicio que beneficio.

Mentalizarnos pues de que el Toro de Vega, como tal referencia histórica, genuina y única no es la única forma de poder trascender ese error para avanzar, en un futuro más o menos cercano, hacia una recuperación de lo que nos fue robado con malas artes. Quizá deberíamos considerar si verdaderamente existe otra manera de presión que pueda dar el resultado apetecido en nuestro favor. Pues, teniendo en cuenta la artera manera de obrar de quienes en aquellos momentos estaban en la Junta de Castilla y León, no puede entenderse sino como un acto de PREVARICACIÓN premeditado. Un delito por el que todos los que tomaron parte en él deberían haber sido castigados como se merecen, en lugar de seguir campando por sus respetos. De hecho, eligieron el camino más fácil: culpar al pueblo tordesillano de incumplir una ley que ellos mismos, llegado el momento, ajustaron a su manera, echando sobre nuestras espaldas toda clase de calumnias e injurias de modo continuado. Algo que tampoco supimos manejar y por lo que nos deben igualmente resarcir como merecemos: exonerándonos de un delito que jamás cometimos, y haciendo Justicia verdadera con los prevaricadores.
Tal vez nos equivoquemos intentando mantener esa idea del Toro de Vega que siempre existió. Y estoy convencido de que es así; pues de ese modo continuamos mostrando nuestro asentimiento y conformidad con la mano que nos “apuñala”. De modo que sería mejor que recapacitásemos acerca de ello; pues en puridad, lo único que nos está permitido exhibir es un toro corrido, como tanto otros, para que las gentes de la villa se diviertan durante la mañana del martes de la Peña, y olviden. Algo tan inaudito como estúpido por parte de la Junta, pero que sin duda les está dando buen resultado.
Hay otras formas de intentar cambiar el recorrido de esta inicua maniobra política. Pero hemos de convencernos en primer lugar de que debemos cambiar de actitud. Somos demasiado sumisos. Demasiado conformistas. Escasamente “revolucionarios”. Y quizá, sin faltar a nadie, un tanto cobardes.
Mientras tanto, sigamos gritando: ¡¡¡VIVA EL TORO DE VEGA!!! ¡¡¡ABAJO LOS TRAIDORES!!! ¡¡¡DEVOLVEDNOS LO QUE NOS FUE ROBADO INJUSTAMENTE!!!
Mostremos este descontento en nuestras propias ventanas. En las paredes de nuestras calles. En nuestros establecimientos públicos. En nuestros automóviles. En todas partes. Y sin fecha de caducidad.








