«Sentábase Lázaro en el rincón más oscuro de la casa porque la luz lo hastiaba.» Nikos Kazantzakis, La última tentación de Cristo

Ruanda, el país de las mil colinas
Con un bonito ramo de rosas blancas y rojas nos recibieron los hermanos lasalianos, junto con la profesora Alphonsine, nada más aterrizar en el aeropuerto de Kigali. Tanto el viaje en avión como la final del campeonato del mundo de fútbol entre España y Argentina habían creado un estado de nervios permanente que fue desapareciendo paulatinamente a medida que avanzaba el proyecto. También ayudó, por qué no decirlo, la sufrida victoria de nuestro país ante el equipo albiceleste.
Ruanda nos sorprendió gratamente. Kigali, su capital, está infestada de personas y vehículos de aquí para allá, y sus calles y carreteras, al contrario de lo que nos esperábamos, se muestran limpias y en buen estado. Sus gentes, a pesar de haber sufrido el terrible genocidio de los años noventa, nos mostraron en todo momento una inesperada cercanía y una enorme curiosidad ante nuestra presencia. Pero fue su paisaje el que más me impresionó: interminables colinas de tonos ocres y verdosos, salpicadas de pequeñas casas construidas con materiales sencillos y terrazas agrícolas perfectamente alineadas en sus laderas.
Mientras me desplazo hacia nuestro lugar de voluntariado, sentado en el asiento del copiloto de un Toyota destartalado cuyas manecillas rotas apenas consiguen subir o bajar la ventanilla, pienso en la jornadas venideras que nos esperan en el centro educativo Ecole St. S. B. de la Salle Kirenge en el corazón de África.
En mitad de la noche
Son poco más de las tres de la mañana y, de nuevo, me he desvelado. Otro sueño extraño hace que me despierte varias horas antes del amanecer. Silencio sepulcral. Mi sencilla habitación tiene lo necesario para sentirme como en casa: unas viejas y pesadas sillas de madera, un enorme armario verde que casi siempre permanece entreabierto, una mosquitera colgada del techo, un somier provisto de un gran colchón, una incómoda almohada y varias sábanas limpias, y un amplio baño al fondo. Quizá siga buscando aquí, en África, el sentido de mi vida; ese que, a pesar del inexorable paso del tiempo, todavía no he llegado a encontrar. ¿O sí? Puede que esta aventura sea aquella que soñé siendo niño, alimentada por la literatura, el cine y mis primeros viajes.
´En busca de sangre: el genocidio´ por Javier Reverte
“El año 1994 fue fatídico para Ruanda. Cerca de un millón de personas, principalmente tutsis y hutus moderados, fueron asesinadas durante uno de los episodios más terribles de la historia reciente de África. Como explicó el periodista y escritor Ryszard Kapuściński, el conflicto no fue únicamente étnico o tribal, sino también social y económico. La división entre hutus y tutsis se agravó durante la administración colonial belga, que estableció una clasificación de la población y favoreció a unos sobre otros. Décadas de enfrentamientos y resentimientos desembocaron finalmente en la tragedia. El 6 de abril de 1994, el avión del presidente Habyarimana fue derribado cuando regresaba de una cumbre de jefes de Estado. A partir de ese momento comenzó la matanza. Mientras la Radio de las Mil Colinas difundía mensajes de odio, miles de personas fueron asesinadas a machetazos. La golondrina se transformó en vampiro y se empapó de sangre.”

Hotel Ruanda
Hotel Ruanda, película británica de 2004 protagonizada por Don Cheadle, cuenta la historia de Paul Rusesabagina, administrador del Hotel des Mille Collines, convertido durante el genocidio en refugio para cientos de personas, principalmente tutsis. Durante una apacible mañana, mientras el hermano Maurice me enseñaba la pequeña plantación de maíz situada detrás de nuestras habitaciones, surgió el tema del genocidio.
—Yo estuve un mes alojado allí —me confesó—. Mi madre es tutsi. Cientos de personas fuimos protegidas allí al convertirse en una especie de embajada improvisada. —. Añadió.
Y, entonces, le di un abrazo. No fue necesario decir nada más.
Una educación pobre
La precariedad económica del país también se refleja en la educación. Incluso en el que intuyo que es uno de sus mejores centros, encontramos cuadernos rotos, ausencia de libros y estuches, pizarras y aparatos en mal estado, clases numerosas, falta de espacio y escasez de recursos. Sin embargo, por encima de todas esas carencias aparecen algo mucho más importante: ideas ingeniosas, respuestas apropiadas y, sobre todo, miradas deseosas de aprender. “La clave del progreso es la educación” les dije en su idioma a los jóvenes durante la charla de despedida.

Gorilas en la niebla
Gorilas in the Mist (Gorilas en la niebla) es una película de finales de los años 80 protagonizada por Sigourney Weaver -después de interpretar su papel en este exitoso filme, se convirtió en Presidenta Honoraria del Dian Fossey Gorilla Fund- que cuenta la historia de la naturalista estadounidense Dian Fossey y su trabajo con los gorilas de montaña de Ruanda. Fossey fue asesinada en 1985, a los 53 años, en su cabaña de las montañas Virunga. Su muerte la convirtió en un símbolo de la lucha contra la extinción de estos animales. Una de las últimas reflexiones del diario de Fossey resume perfectamente aquella lucha: «Cuando te das cuenta, al borde de la vida, uno se preocupa menos por discutir sobre su pasado y se concentra más en la conservación para el futuro.»
Una economía de subsistencia
Aunque la minería y el turismo han ganado protagonismo frente al café y el té, la agricultura continúa siendo fundamental para la población ruandesa. El genocidio del 94 destruyó buena parte de la frágil economía del país, aunque desde 2006 Ruanda inició un fuerte período de crecimiento. El café, tanto arábica como robusta, destaca por su aroma y sabor, mientras que el té, procedente de la Camellia sinensis, constituye también uno de sus productos tradicionales.
When the light goes off
Otra tarde, prácticamente de noche, la oscuridad invade la comunidad. Silencio. Solamente el ´cri-cri´ de los grillos atraviesa la quietud de los pasillos exteriores y las salas adyacentes. Me dirijo a mi habitación en busca de la linterna de trabajo Bosch, regalo de mi amigo Emilio, compañero de otros voluntariados en países del lejano Oriente. Se la presto a Aldi y Cyuzuzo, nuestros jóvenes cocineros.
—Thank you! —me responden al unísono, agradecidos, al poder cocinar con luz tras colocar la linterna sobre un viejo aparador de madera.
A continuación, portando un té de Marruecos hacia mi habitación a la luz de una vela dispuesta sobre un sencillo candil, recorro el pasillo entre sombras fantasmales proyectadas alrededor del jardín y el aroma del romero, la hierbaluisa y las hortensias invade mis fosas nasales y mi alma. Y decido escribirlo.
Akagera, pura naturaleza
En la frontera con Tanzania, el Parque Nacional de Akagera contrasta con las sinuosas colinas que caracterizan buena parte de Ruanda. Aquí, los caminos de tierra atraviesan una auténtica sabana africana, con extensas praderas salpicadas de acacias y numerosos lagos alimentados por el río Kagera. Durante la visita pude contemplar cuatro de los Big Five: majestuosos elefantes y búfalos, una pareja de rinocerontes descansando a la sombra de un árbol y una familia de leones alrededor de un búfalo recién cazado. Entre la vegetación aparecían también numerosos antílopes, desde el elegante impala hasta el esquivo bushbuck. La jornada terminó con un paseo en barco entre cocodrilos e hipopótamos.
Una experiencia que, al igual que la del propio voluntariado, resulta difícil de explicar con palabras y que nunca olvidaré.


1 comentario
Bonita reflexión.
Gracias Ivan