Muchas son las personas y grupos de diferentes edades que a menudo visitan nuestra villa. Entre ellas, la mayoría son jubiladas y vienen atraídas no sólo por la cultura y la historia que Tordesillas siempre contuvo, sino por otros muchos y diferentes atractivos, entre los que podríamos citar la gastronomía típica castellana. Una oferta que, dicho sea de paso, creo que se halla bastante mermada en relación con otros tiempos. Momentos en los que a cada paso uno encontraba tascas y lugares varios donde el coleto y el paladar se deleitaban con especialidades que los duelos de aquellos negocios habían rescatado de sus antepasados, poniéndolos a disposición del viajero, viniese de donde fuera.

Hoy día, tristemente y sea por las causas que fueren –circunstancias en las que, lógicamente, no vamos a entrar– disponemos de otro tipo de ofertas, como es la hotelera, pero en lo que se refiere al tapeo y a la buena mesa tradicional castellana, dejamos bastante que desear, aunque alguno pueda no estar de acuerdo.
Sin estar en mi ánimo polemizar sobre el asunto, he de decir que, en cuanto a la oferta gastronómica concretamente existe un hándicap –o un inconveniente, como queramos denominarlo– que merma categoría y clientela a este mercado de los sabores que tanto interesa al viajero, tan amante del disfrute de la buena mesa y, como no, a aquello que siempre consideraron un valor en alza, la competitividad y el precio razonable.
Desde otro punto de vista, esta es una cuestión que, por algún motivo, los encargados de regularla a nivel autonómico no han deseado entrar al trapo, como vulgarmente se dice. Aun habiendo debido hacerlo. Pues, al inhibirse de ello, han dejado al arbitrio de los que manejan este tipo de negocios, a la buena de Dios. Cosa que, a muchos de los que nos visitan, no parece agradarles demasiado. Prueba de ello es –a nada que observemos un pelín– aquellos que, en compañía de sus respectivas esposas o familias, consideran acceder o no a los establecimientos del lugar a la hora de comer o cenar un fin de semana. Cualquiera que se tome la molestia de observar, se dará cuenta de ello. Lo que, de alguna manera, resulta un signo bastante evidente y negativo comercialmente en cuanto al gancho hacia el supuesto cliente; pues, antes de decidirse, baraja muy mucho la conveniencia o no de gastarse los cuartos en el mismo, dado lo afectada de su economía, ya bastante deteriorada por razones que todos conocemos.

Reza una paremia (enunciado breve, sentencioso o licencioso), originada por la sentencia latina De gustibus et coloribus non est disputandum (brevemente: “para gustos los colores”) que nada hay que disputar en cuestión de preferencias. Y así lo entendía el mismísimo Bachiller Francisco de Osuna, humilde franciscano nacido en Sevilla en 1492; quien señaló que: “se ha escrito tanto sobre las preferencias humanas que sería una tarea muy difícil juntarlo y resumirlo todo.”

Así las cosas, tal vez deberíamos recapacitar al respecto. E, independientemente de que la Comunidad de Castilla-León haya dejado libertad a los restauradores para apostar por el aumento, o no, de las tarifas durante el fin de semana, pensar si merece la pena continuar con esta medida, dado que, los menús que se ofrecen al cliente no poseen ningún tipo de mejora si los comparamos con los del resto de los días normales de la semana.
Por tanto, y sin el deseo de interferir en las decisiones de aquellos propietarios de restaurantes en la localidad, hacer un uso razonado y razonable de la libertad que se nos ha confiado para administrarlos nunca estaría demás. Y, hasta pudiera ser que resultase beneficioso para sus liquidaciones del día a día.
La tónica general en otras comunidades diferentes a la nuestra, cualquiera puede comprobar que, pese a que los representantes políticos del sector han dejado libertad igualmente a los restauradores, la respuesta ha sido masivamente a favor de un mantenimiento razonable de las tarifas. Algo que, de cara al cliente siempre resulta favorable, a pesar de que siempre haya quienes se pasen por el “arco del triunfo” las opiniones ajenas. Sin duda, en este terreno debemos intentar, al menos, mantener una objetividad lo más próxima a la que posee el propio cliente. Aunque esto también es una cuestión de gustos.

En definitiva, creemos sinceramente que empatizar con aquellos que nos visitan nunca está demás. En cambio, provocar en ellos una sensación de desapego (en sentido monetario), dando la impresión de que su economía no nos importa, no deja de ser una apreciación de mal gusto. Algo que, el que paga, capta a la primera de cambio, y deja un rastro negativo de cara al futuro.

