El gran negocio de Trump y Netanyahu

by J.A. "GARAÑEDA"

Aunque la Biblia únicamente hace referencia a la aparición del ser humano sobre la faz de la tierra en sentido meramente historiográfico, es la ciencia Antropológica la que reconoce que el proceso evolutivo de los primeros ancestros comunes de simios y humanos sobre la tierra, así como el lugar en el que desarrollaron su actividad hace más de seis millones de años.

De igual manera tuvimos conocimiento de que nuestra especie desciende del Homo Sapiens. Un ser inteligente y con unas grandes dotes de imaginación, capaz de evolucionar por sí mismo ante cualquier adversidad, pero también tremendamente variable e imprevisible, según sus necesidades o su ambición. Un ejemplo exagerado de este último deseo, tan intenso como vehemente, es el que algunas personas llegan a mostrar a lo largo de su trayectoria vital. Incluso hasta llegar a convertirlo en tan insaciable y escasamente razonable que, a la vista de otros, puede resultar completamente inaceptable.

Tal es el caso de Trump, presidente de EE.UU., o de Netanyahu, primer ministro de Israel; ambos, cada uno en su trayectoria particular, duramente criticados por un sector importante de la opinión pública mundial. El primero, por sus excentricidades políticas. El segundo, por su obsesiva visión de la guerra contra un enemigo cuyo mayor delito puede que haya sido haber nacido en un territorio llamado Palestina. Un lugar al que nadie quiso nunca reconocer como nación, y que únicamente solamente unos pocos se inclinan valientemente a hacerlo en la actualidad.

He escogido ambos personajes de la política internacional porque considero que, desde un punto de vista global y globalista a la vez, son elementos altamente controvertidos y merecedores de un estudio cuidadoso de sus respectivas personalidades, coincidentes en diversos aspectos. De hecho, si nos encontramos en un momento delicado en cuanto a la salvaguarda de la paz mundial es, pese a que muchos no quieran reconocerlo, por haberse roto unilateralmente la legalidad internacional. Y, en este sentido, no debemos perder de vista las recientes pretensiones de Trump respecto a Groenlandia –territorio perteneciente a Dinamarca desde el año 1380 por una herencia histórica–. Un territorio que se consolidó como parte del reino danés en 1953. Y un comportamiento que se repite, esta vez sin ambages y por medio de la fuerza, contra Irán, la vieja nación aqueménida, o persa, como queramos denominarla. Una nación orgullosa de sí misma y de sus raíces, muy culta, con el mayor porcentaje universitario de toda la zona (800 centros universitarios en el país), en sintonía con la modernidad europea, apartada del fundamentalismo islámico radical, e histórica y curiosamente vieja amiga de Israel.

Tampoco podemos obviar la naturaleza de las actuaciones militares llevadas a cabo por Netanyahu en los territorios adyacentes a Israel (Siria, Líbano, etc.). Comportamiento este que se halla bajo la inexcusable influencia de los líderes religiosos de su propio país, Israel, pues con su apoyo continuado e incondicional, contribuye clarísimamente, a que el ejército israelí lleve a cabo, de manera indiscriminada en muchas ocasiones, no sólo batidas contra Hamás o la Yihad islámica palestina, sino sobre áreas en las que la población cristiana es mayoritaria (Líbano). Lo que lleva a pensar que dichas hostilidades van dirigidas a eliminar supuestos objetivos enemigos bien diferentes de lo que constituye una respuesta puramente defensiva frente a los ataques del terrorismo en la región. Tanto es así, que muchas de las llevadas a cabo contra la población palestina asentada en Cisjordania y los Altos del Golán, desde un punto de vista militar, nos parecen manifiestamente injustificadas. Sobre todo si tenemos en cuenta que, la mayor parte de las víctimas son familias campesinas allí instaladas sólo intentan sobrevivir en forma de comunidades sobre territorio ocupado perteneciente a la Autoridad Palestina, según los límites establecidos tras la guerra de 1967 (Guerra de los Seis Días). Situación ésta que nos lleva inevitablemente a plantearnos un gran interrogante: ¿cuál o cuáles son los verdaderos motivos por los que Trump y Netanyahu, o lo que es igual, EE.UU. e Israel, se postulan hoy como los más fanáticos enemigos de Irán?

Observado cuidadosamente, Trump nos parece un personaje controvertido. En momentos demasiado amable para la ocasión. En otras, un tanto cómico y petulante. Y, cuando lo que se requiere seriedad y conocimiento profundo de las cosas, demasiado superficial y hasta tarambana. Si el ataque efectuado contra la opresión indiscutible ejercida sobre la gran mayoría del pueblo venezolano por parte, primero de Chaves y después de Maduro, requería una intervención rápida y efectiva, la guerra contra Irán ha puesto de manifiesto un profundo desconocimiento no sólo de su historia, sino de su cultura, de los sentimientos y tradiciones que conforman su personalidad como nación. Con una población de aproximadamente 93 millones de habitantes y una edad media de 34/35 años, los iraníes son en la actualidad un pueblo rico y diverso, fundamentado sobre la herencia milenaria dejada por sus antepasados persas. Su énfasis por la educación, el arte y la hospitalidad han generado una cohesión casi pétrea entre la antigua Persia, lo kurdo y lo chií. Lo que unido al idioma persa ha logrado convertirse en la columna vertebral del iraní actual. Un individuo que valora la familia, la cultura y el arte, el apoyo emocional y económico, y el inmenso poder de la educación. Y todo esto, unido a la progresiva europeización de gran parte de su juventud, formada en prestigiosas universidades de nuestro continente, hace que quienes lo ignoran teniendo el inmenso poder de gobernar naciones como los Estados Unidos de América, suponga un desastroso enjuague.

Ignoramos qué clase de consejos recibirá de sus asesores políticos. Pero la realidad cuanto acontece a diario nos demuestra que, el Presidente de EE.UU, puede llevarse un buen baquetazo en el transcurso de las próximas semanas. Y con él arrastrar al resto del mundo a un desbarajuste económico sin precedentes. De hecho, si la guerra de Vietnam fue un descomunal descalabro para Estados Unidos, esto tiene pinta de llevarnos a límites mucho más severos e inciertos. Y todo por el ansia de un tipo insensato que no sabe valorar dónde están las referencias exactas de su concierto y cómo ha de utilizar la flauta para que suene correctamente. El petróleo de América es de los americanos. El de cualquier país del mundo, sea cual sea, pertenecerá por derecho natural, a ese país; y nadie, por muy Trump que se llame puede interferir en ese derecho. A no ser por razones que lo justifiquen legal e internacionalmente. Lo cual no parece muy de recibo, por el momento.

Por lo que se refiere a Netanyahu, un tanto de lo mismo. Si quiere tierra y ampliar las fronteras de lo que es actualmente Israel, que hable diplomáticamente con los estados que le circundan. A ver si consigue que por vía diplomática y comercial lleguen a un acuerdo pacífico con él. Lo contrario es puro nazismo, pues supone comerciar con las vidas de sus soldados y con las de la población civil de los demás países, sean los que sean, por puro capricho.

Estos son los motivos por los que Trump y Netanyahu se llevan también. Aparte de por las ingentes cantidades de millones que los bancos propiedad de judíos poseen en los diferentes estados de la Unión. Y no hay más castañas.

El final de este trágico panorama, sólo Dios lo sabe. Para nosotros, es únicamente una “terrible historia de amor” con apariencia de una mayor esperanza. Aunque la realidad es que, tal y como ha comenzado, el futuro más o menos próximo, pinta bastante mal. Y, como reza un refrán español: “Lo que mal empieza, mal acaba.” Recemos, para que no se cumpla el dicho. Pero, lo más probable es que se produzca una recesión económica generalizada en todo el mundo por causa de una confrontación que sólo se pactó unilateralmente, fruto de la interesada amistad entre dos “amiguetes”. Dos imbéciles diabólicos con insaciables deseos de dominar el mundo: el uno, “para América”; el otro, por ganarse el cielo asumiendo como suyos los sueños de los dos grandes rabinos de Israel: David Lau (Ashkenazi) y Yitzhak Yosef (Sefardí). Y el compañero, Trump (el tonto útil de la política general israelí), por desear obsesivamente ampliar sus fronteras y apoderarse de los territorios de los estados circundantes, por cualesquiera medios. No hay más.

Nosotros, por nuestra parte, nos preguntamos: ¿qué haremos si proliferan demasiado estos “locos” en cada lugar del mundo? La cosa no pinta bien. Y para muestra basta un botón: en la C.E.E. ya ocurre algo de esto. Así que, vayamos atándonos los machos. Porque, por estas latitudes y por otras, los globalizadores no cesan en su ansia; también, de quitar o apoderarse de algo o de todo.

Tengamos la fiesta en paz, señores de la guerra, que ya ha habido suficientes guerras a lo largo de los tiempos como para enfrascarnos de nuevo en otra trifulca que acabe con las vidas de miles, o millones de seres humanos. Que todo son maniobras de Satanás disfrazadas de actos de justicia. Y por cierto que lo es: justicia infernal, las llamas eternas, la muerte eterna. Todo eso que, a quienes les gusta jugar a hacerse pasar por hombres y mujeres justos con las armas en la mano. Como si la guerra justa existiese verdaderamente.

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