Especialmente cuando viajo, intento aferrarme a la realidad del presente, en vano: una realidad que, con el inexorable paso del tiempo, se va alejando poco a poco como un sueño que se va desvaneciendo al despertar. Lo que antes fue un hecho (del latín factum, hacer) ya se ha convertido en un difuminado recuerdo (del latín re-cordare, pasar por el corazón) que no deseas olvidar.

La única parada de un viaje en coche tranquilo, sin sobresaltos, desde Tordesillas a La Coruña —a excepción de la presencia de hielo en la parte sombreada de algunos tramos de la autovía A-6, a la altura de los Montes de León— fue Betanzos, la cuna del legendario portero del Real Madrid, Paco Buyo. Esta venerable ciudad —una de las antiguas siete provincias que conformaban la antigua comunidad de Galicia— nos dio la bienvenida con una mañana plácida, a ratos soleada, que nos permitió pasear brevemente por sus calles y plazas, algunas de las cuales fueron visitadas el siglo pasado por el gran poeta Federico García Lorca —existe una foto que lo atestigua—. Sin duda, un rico tentempié antes de saborear la cultura de esta tierra ancestral.
«…van faltando habitaciones humanas y nos quedamos solos, solos con las tapias del Camposanto, con las montañas que, sombrías, se alzan en el horizonte, con el faro que ya nos flecha con su mirada de fuego, con el océano que muge y asalta la ribera, rompiéndose en las rocas y escupiendo su argentada espuma al cielo nebuloso.» Emilia Pardo Bazán, sobre Marineda (A Coruña)
Una de las maneras más interesantes de visitar un lugar es a través de un free tour, especialmente si el guía que te acompaña es oriundo y ha mamado desde chiquitín la esencia de lo que cuenta, como nos ocurrió a nosotros por partida doble. Llegamos de noche y realizamos un free tour de leyendas por la parte antigua de la ciudad. Un joven desaliñado llamado César —cargado con una pesada mochila en la que llevaba, entre otros objetos, una carpeta con hojas plastificadas que contenían imágenes sobre lo que iba a relatarnos— nos descubrió, a lo largo de un recorrido de casi dos horas, parte de la mitología celta asociada a estos lares. Entre todas, recuerdo la referida al director de cine norteamericano George A. Romero, nieto de un emigrante gallego, cuya obra, con raíces de la espiritualidad gallega, dio como fruto películas de culto como la escalofriante La noche de los muertos vivientes, una de las obras colosales del cine de terror.


«En el bosque también hay espíritus. La Santa Compaña se pasea por allí de vez en cuando, para susto de quienes creen verla de lejos. Nadie quiere tomar el testigo del penitente que encabeza la fila de ánimas, por lo que todos vuelven la cara evitando mirar tan fantasmal comitiva.» El bosque animado, Wenceslao Fernández Flórez
Pero si la iniciativa de visitar A Coruña de noche resultó todo un acierto, no lo fue menos recorrerla de día. A primera hora de la mañana del día siguiente, después de atravesar el paseo marítimo a pie desde nuestro hotel y de callejear por el laberíntico trazado de la parte vieja, llegamos a la plaza de María Pita, donde nos esperaba con un llamativo paraguas Fran, nuestro guía. Si la antigua barriada de los pescadores situada a escasos metros de allí destaca por el bullicio de la gente entrando y saliendo de restaurantes acristalados, cafeterías modernas y alguna que otra tienda de souvenirs, la parte antigua lo hace por la quietud de sus calles. En un momento del recorrido, tras contarnos la vida de la heroína local María Pita durante el asedio de la ciudad por las tropas inglesas capitaneadas por Sir Francis Drake a finales del siglo XVI —suceso inmortalizado con una estatua frente al edificio del Concello da Coruña—, Fran nos desveló que muchas de las historias que relata a sus grupos cargadas de brujería y superstición las escuchó de boca de su abuela cuando era niño. También nos habló de la emigración gallega antes, durante y después de la Guerra Civil. «Mi maestra nos contaba en el colegio que había otra provincia fuera de nuestras fronteras; América», señaló.

«Éste vaise i aquél vaise,
e todos, todos se van.
Galicia, sin homes quedas
que te poidan traballar.
Tes, en cambio, orfos e orfas
e campos de soledad,
e nais que non teñen fillos
e fillos que non teñen pais.»
(´Éste se va y aquél se va,
y todos, todos se van.
Galicia, sin hombres te quedas
que te puedan trabajar.
Tienes, en cambio, huérfanos y huérfanas
y campos de soledad,
y madres que no tienen hijos
e hijos que no tienen padres´.)
Follas novas, Rosalía de Castro
No podíamos abandonar Galicia sin visitar – aparte del verdadero guardián de la ciudad, la Torre de Hércules, impresionante vestigio construido por el Imperio romano que aún sigue sirviendo de señal a los navegantes – Santiago de Compostela, uno de los destinos de peregrinación más importantes del mundo cristiano donde se cree que yacen los restos del apóstol Santiago. Desde que abandonamos la estación de tren, una lluvia intermitente nos acompañó bajo un cielo plomizo durante las horas que deambulamos por sus empedradas rúas, tiempo que no nos impidió descubrir los rincones más emblemáticos de esta antiquísima urbe: la impresionante plaza del Obradoiro, con su amplio espacio cargado de emociones; la majestuosa catedral de Santiago, con su inigualable Pórtico de la Gloria tras la fachada exterior; la hermosa torre del Reloj junto a la plaza de la Quintana, una de mis favoritas; así como el edificio de la Universidad o el Mercado de Abastos, entre otros.
Con el sabor de la tierra aún en el paladar, terminó nuestra aventura por Galicia, allí donde la historia y la magia se funden. Que su recuerdo permanezca latiendo en nuestra memoria por mucho tiempo.










