Año nuevo vida vieja

by J.A. "GARAÑEDA"

Uno tras otro nos felicitamos cada año con efusión, amablemente, de corazón… O, simplemente, por cortesía, cumpliendo así con ese formalismo social que nos hace aparecer ante los demás como buenos vecinos, gente educada, aunque seamos auténticos hipócritas sin el menor deseo de ser descubiertos. De esa forma, los compromisos adquiridos de mentirijilla ante la sociedad quedan “asegurados” al margen de que, por cualquier imprevista circunstancia, nuestra cobertura sea descubierta.

Así funciona el mundo en el que vivimos y morimos. Una falsía elaborada cuidadosamente sobre trolas y medias verdades, en la que, de un modo u otro, todos acabamos sonándonos los mocos mientras nos consideramos perfectos, inteligentes y dignos de todo merecimiento y honores.

Hace escasas horas que hemos entrado en esa “nueva” etapa llamada 2026. Un periplo que no es sino un conjunto de 365/366 oportunidades, con sus respectivos días y noches, a lo largo de las cuales debemos demostrar ante las invisibles fuerzas sobrenaturales de que dependen nuestras míseras vidas qué somos capaces de hacer por nuestros semejantes. Qué para desembarazarnos de esos egoísmos, prejuicios y vanidades que nos ilusionan y dominan, dejándonos abandonados a todo capricho, lujuria y ambiciones, olvidados por completo de esa misión que se nos encomendó y que hemos de descubrir por nuestra propia cuenta. Sí; porque la vida es, a fin de cuentas, un relato en el que, cada uno de nosotros, somos protagonistas de un argumento, un nudo y un desenlace. Partes que, como si cada una de ellas fuese un contrincante desconocido representado por una mano: uno, que se nos da; otro, que nos quita; y un tercero, que nos juzga.

Es por ello que, tantos grandes personajes entre los que nos ilustra la historia nos dan una visión tan distinta, pero no por ello menos equilibrada de lo que es la vida humana. Para Unamuno, por ejemplo, consistía en –puesto que su objetivo era “…gritar y molestar a la gente”– no venderles pan, sino venderles levadura. Con lo cual apuntaba ni más ni menos a un ansia por su parte de conseguir que cada ser humano creciese por sí mismo en el conocimiento y saber. Algo que los alejaría irremediable pero graciosamente de la ignorancia y la esclavitud, no tanto de las cosas materiales, sino de sus propios semejantes.

En nuestro tiempo esta idea se convierte en una realidad empírica absoluta, pero casi imposible. Pues, hoy más que nunca, vivimos inmersos en medio de toda una serie de acontecimientos, sospechas y dobleces claramente amorales, indecorosos y repugnantes difícilmente denunciables, y por ello casi imposibles de hacer desaparecer. En muchos casos pensamos, como niños incautos, que estamos protegidos por las respectivas formas de gobierno que las clases poderosas han conseguido implantar en el mundo. Pero en realidad sucede justamente todo lo contrario. Y, mientras esto sucede, gran parte de la sociedad a la que cada uno de nosotros pertenecemos permanece adormecida y vive encantada sumida en el bucólico sueño democrático. Una procaz e impúdica manipulación que ha llevado a las gentes honestas y escasamente formadas a considerar esta solución como el glorioso logro de la existencia humana.

Incapaces de ver cuanta maldad nos rodea como consecuencia de ese fraude, prefieren esconder la cabeza debajo el ala, o simplemente mirar hacia otro lado, confundiéndose a sí mismos y su descendencia, al tiempo que haciéndola heredera irremediable de los males que la mantendrán atada a una tiranía como jamás se conoció: la tiranía del dominio de nuestras mentes. Algo que no está por venir, sino que yace amablemente entre nosotros, regodeándose de todo cuanto hace y deshace, y conturbando día la serenidad que siempre procuró al ser humano el hecho simple de haber cumplido con su deber.

No fueron, por tanto, las guerras habidas a lo largo de la historia de la humanidad las que acabaron con un ingente número de vidas. Almas que murieron inútilmente en aras de una verdad en ocasiones manida, sino la podredumbre de aquellas otras sin otro interés que el propio egoísmo. Al igual que ahora sucede con las fuerzas que nos oprimen y atenazan. Castillos inexpugnables que, de un modo aparentemente benefactor, tienden únicamente a amasar todo el poder del que sean capaces, aunque para ello hayan de masacrar nuestras débiles carnes y huesos, además de nuestras mentes, ya de por sí tocadas por el dedo de la lujuria y de la codicia. O lo que es peor, nuestras propias almas; esa parte de nuestra existencia de la que tantos reniegan, convirtiéndolos inexorablemente en víctimas irrecuperables para lograr un mundo mejor. Y así, eliminando no sólo nuestra capacidad de pensar y razonar coherentemente, sino también ese hilo que nos une a lo sagrado, conseguir el dominio del mundo y de la humanidad entera, de modo que toda esperanza sea inútil.

Muestra de todo este poder oscuro e ignominioso son las guerras interminables en tantas latitudes terrenales y por motivos muy diferentes, controvertidos, e invertidos; la continua actitud genocida de algunos gobernantes, expuesta ante la opinión publica como algo inocuo, carente de importancia, e incluso necesario; la explotación sexual de menores por clanes dedicados a este terrible negocio; el fraude educativo, del que se han valido y se siguen valiendo los gobiernos y las clases privilegiadas para satisfacer sus negligentes e impúdicas debilidades; la corrupción generalizada de las castas políticas, disimuladas a través de sórdidas campañas publicitarias que intentan ensombrecer la verdad y así evitar que la Justicia prevalezca por encima de todo. En su lugar compran voluntades y acusan falsamente a sus delatores con fines maquiavélicos. Se desfigura el papel social y humano que siempre prevaleció entre los dos únicos géneros de la especie humana, con el fin de corromper y degenerar al mayor número de personas posibles, y así lograr acaparar más poder por medio de un chantaje continuado, gratuito e inicuo. Se desmantelan instituciones enteras, únicamente con el propósito de lograr que los fines que se persiguen justifiquen los medios que se utilizan. Y así, como si nada de cuanto sucede fuese culpa de quienes dirigen los pueblos y las naciones, todo orden legal y natural desaparece en beneficio del caos, y toda verdad se aniquila en beneficio de la mentira, a fin de conseguir que un egoísmo mayoritario y sin escrúpulos se imponga sobre cualquier tipo de virtud.

Este es el panorama que nos ocupa. Y el futuro que, valga el símil, como en la canción de nuestro querido y bien recordado Antonio Molina, nos aguarda: trabajando en el carbón. De modo que, ante este nuevo año, nos enfrentamos a un fenómeno que, aunque siempre existió en el mundo, hoy se hace más presente y atroz que nunca. Una cadena de males que, sin que nos pueda parecer “pecata minuta”, tiene miga. Enfrentarse a ella, no cabe duda que requiere valor. Un valor que, cada cuál se preguntará si tiene agallas para afrontar lo que se le viene encima, o prefiere pasar de largo, como si no ocurriese nada. Algo tristemente asumible, desde todo punto de vista, pues nos proporciona una visión poco halagüeña del futuro que nos aguarda. Pero sobre todo si como Woody Allen pensamos que “el futuro es el sitio donde vamos a pasar el resto de nuestras vidas”. Una visión un tanto desaprensiva y estúpida. Sobre todo si la comparamos con aquella de Abraham Lincol: “No podemos escapar de la responsabilidad del mañana eludiéndola hoy”.

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