Aunque soy un buen aficionado al deporte en general, he de reconocer que no soy precisamente un fanático del baloncesto. Aun así, algo me impide dejar pasar la oportunidad de homenajear con este artículo la figura de Óscar Schmidt Becerra, toda una leyenda mundial del basket que el pasado viernes 17 de abril falleció a los 68 años y que, de alguna manera, tiene cierta vinculación con nuestra tierra.

Y es que, durante su dilatada vida profesional, jugó las temporadas 93/94 y 94/95 en el desaparecido Fórum Filatélico de Valladolid (uno de los muchos asistentes que tuvo este club a lo largo de su existencia fue Chechu Mulero, quien comenzaría su trayectoria como entrenador en el CD La Guía Tordesillas). Asimismo, se dice que impartió una charla en el Salón de Actos del Ayuntamiento en la que insistía en la importancia del esfuerzo como recompensa (se cuenta que, en muchas ocasiones durante su etapa como jugador, era capaz de tirar a canasta durante horas después de los entrenamientos). “No es una mano sagrada, es una mano entrenada”, recalcó en más de una ocasión tras ser apodado ´Mano Santa´.
Convertido con el paso del tiempo en el máximo anotador de la historia de este deporte y, por ende, en uno de los mejores jugadores FIBA (Federación Internacional de Baloncesto), ya desde niño empezó a mostrar cierto interés por el basket tras ser rechazado para jugar al fútbol por su estatura. Poco tiempo después, concretamente a los 19 años, se adjudicaría su primer campeonato sudamericano con Brasil.

Su meteórica progresión durante prácticamente tres décadas hizo que jugara a lo largo de su trayectoria profesional en distintas partes del mundo (Italia, España, Brasil) excepto en suelo norteamericano -a pesar de la oferta del equipo de la NBA New Jersey Nets, circunstancia que le habría impedido jugar con la Canarinha, algo a lo que no estaba dispuesto-. Participó en cinco Juegos Olímpicos —siendo máximo anotador en tres de ellos— y en varios campeonatos mundiales, entre los cuales se recuerda la gesta deportiva conseguida en Indianápolis por el equipo brasileño en los Juegos Panamericanos de 1987, al derrotar por primera vez a Estados Unidos en su casa por 120-115. Eso sí, si hablamos de finales la mayoría de nosotros destacaríamos por encima de otras muchas la legendaria contienda deportiva en el Pireo correspondiente a la final de la Recopa de Europa de 1989 entre el Snaidero Caserta (equipo con el que anotó 44 puntos) y el Real Madrid (equipo liderado por un soberbio Drazen Petrovic que anotó la salvaje cifra de 62 puntos). El resultado final, 117-113, lo convirtió en un partido antológico.

En 2013, acompañado de uno de sus ídolos, Larry Bird, y de su familia, se unió al selecto grupo de atletas que forman parte del Salón de la Fama de Springfield (Massachusetts), recibiendo uno de los mayores honores que se le pueden otorgar a un jugador de baloncesto.

Carta de la Federación brasileña de baloncesto a Óscar Schmidt
“Una semana. Siete días desde que el silencio se hizo más ensordecedor que cualquier pabellón lleno. Y, sin embargo, parece que Óscar solamente se ha retirado del partido por unos minutos, de esos en los que sabemos que la estrella va a volver y a decidir el partido. No es solo nostalgia. Es como si faltara una parte de lo que él nos enseñaba, sin decir nada, lo que era ser grande de verdad. Nunca fuiste solo un lanzamiento. Nunca fuiste solo un número, un récord o una canasta imposible. Fuiste disciplina cuando nadie miraba. Fuiste perseverancia cuando ya estabas cansado. Fuiste la decisión, cada día, de seguir adelante. Y eso perdura.
Queda el ejemplo del hombre que llegaba antes, se marchaba después y aún así se llevaba el partido a casa. El padre presente. El marido íntegro. El tipo que entendía que la grandeza no se construye solo en la cancha, sino en la forma de vivir. También queda algo excepcional: el amor sin límites por Brasil. Sin intereses. Sin cálculos. Un amor que se desbordaba en la forma de vestir la camiseta, de hablar del país, de jugar como si cada balón llevara consigo algo más que puntos, llevara consigo la identidad.
Hiciste creer a mucha gente. Creer que se puede ir más allá del talento. Que se puede insistir cuando parece que no va a salir bien. Que se puede ser un gigante sin perder lo esencial.
Hoy, una semana después, la sensación es que el juego ha cambiado, pero no ha terminado. Porque dejaste más que un recuerdo. Dejaste un camino. Hay un niño en alguna calle, con una camiseta demasiado grande, mirando al frente y soñando. Y, aunque no sepa explicarlo, está siguiendo tus pasos. Así es como sigues vivo.
Gracias por todo, Oscar. El cronómetro puede haber llegado a cero, pero la inspiración… esa nunca se acaba.”





