Las Ventas, entregada con los toreros y olvidadiza con los toros

por Jesús López Garañeda

La verdad es que la corrida de ayer que echó Adolfo Martín en Madrid y que pudimos seguir por la televisión madrileña fue un ejemplo de interés, atención, bravura y valor de todos cuantos intervinieron en ese soberbio y grandioso espectáculo que es la corrida de toros.

Por un lado los toreros, Ferrera y Román, uno emocionado y siempre con cierto histrionismo en su actuación que ayer destapó el tarro de su veteranía, esencia de plenitud y actuación llevada al extremo de hacerse una parte más de aquel espectáculo de masas, atrayente y emocionado, saltándole las lágrimas a él mismo por cuanto estaba desarrollando en una de sus faenas. Y por otro Román, un torero valenciano apartado de ferias y ninguneado por un sistema que no le reconoce. Sin embargo, ayer Román en la catedral del toreo dictó una lección de pundonor, valor, entrega, decisión y carácter de superación difícilmente aceptada.

Los dos toreros por su merecimiento fueron aupados en hombros y sacados por la Puerta Grande de la Plaza entre aclamaciones, flases de cámaras, luces de móviles, gritos y achuchones de un público enfervorizado por lo que había visto.

Todo a pedir de boca. Aunque yo quiero poner unas líneas también por el ganado de lidia que ayer trajo a Madrid un recordado ganadero al que tengo aprecio desde que nos conocimos, Adolfo Martín, sobre todo desde aquel día en que cuando embarcaba en su finca, un toro le cogió feamente, dañándole y enviándole muy grave al hospital.

Es verdad que ayer los Albaserrada de Adolfo Martín fueron toros de raza, bravura, trapío y embestida para toreros fajados y conocedores de un encaste ya mítico entre la cabaña brava española. Por eso y por su comportamiento, al menos dos de los toros fueron merecedores del pañuelo azul y si la Presidencia tuviera conciencia de lo que ello significa, el pañuelo del premio debía haber asomado en la balconada de la plaza de las Ventas en el último de la corrida como premio general a todo el encierro.

El público de las Ventas ayer ni hizo intención de reclamar la vuelta al ruedo para “chaparrito”, quinto de la tarde, aunque eso sí lo aplaudió estruendosamente en su arrastre por las mulillas, como buenos aficionados que dicen ser, más dados al sentimiento y susurro inmediato que al análisis objetivo de lo presenciado.

Ayer la corrida de Adolfo Martín en Madrid, a mi juicio, fue un dechado de bravura e interés, un espectáculo inolvidable tanto que ni en las pausas de los anuncios de la tele me moví por seguir mirando la retransmisión donde hasta mi buen amigo Sixto Naranjo nunca se cansó de cantar la grandeza de cuanto habíamos visto en las Ventas de Madrid.

Enhorabuena, ganadero.

Fotos: Plaza1

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