El suicidio infantil, una tragedia social y humana producto de una libertad mal entendida

by J.A. "GARAÑEDA"

Con demasiada frecuencia se difunden noticias a través de los medios de comunicación convencionales, e incluso de las redes sociales, que tienen que ver con sucesos dolorosos e incomprensibles. A veces son desgracias terribles, que afectan a gran número de personas. Otras, son calamitosas, con grandes pérdidas de vidas humanas y bienes materiales. Pero en la actualidad venimos asistiendo a desafortunados acontecimientos que tienen que ver con la infancia. Siempre son pérdidas funestas, irreparables. Y, en ocasiones, son hechos horrendos, cometidos por los propios padres o familiares de las víctimas con perversidad, en los que la alevosía, la prodición, la crueldad, la desesperación, la vileza, o la injusticia se apoderan de sus almas para cometer cualquier tipo de delito, pero sobre todo contra seres inocentes e indefensos.

Desde hace décadas, en España como en muchos otros países del globo, resulta difícil –diría más, casi imposible– levantarse cada mañana y respirar ese aire fresco y saludable que se desprende de la bondad humana. En su lugar comprobamos con estupor la atmósfera que nos rodea. El ambiente contaminado por causa de los infames prejuicios de nuestros congéneres, y puede que hasta por los de nosotros mismos, asfixiándonos e impidiendo que seamos capaces de pensar y razonar con lucidez. Sólo algunos, los que tuvimos la fortuna de crecer en medio de la solaz naturaleza, contemplando y comprendiendo cuán generosa ha sido la magnanimidad del Creador, nos percatamos de la abominable y perversa aberración que intenta convertir a la humanidad entera en monstruos irreversibles. Y también a nuestros pequeñuelos. Lo cual puede llevarnos a pensar si ello tendrá algo que ver con casos como el de Sandra, en Sevilla. Una muerte quizá “inexplicable”, pero que, al igual que otras muchas de menores españoles, sin duda tiene un origen determinado. Un origen que, por tenerlo delante de nuestras propias narices y considerarlo tan justo, acaba por carecer del sentido común. Y es que, de repente, como si nunca hubiera existido eso, el sentido común, nos hemos embriagado de ese concepto etéreo y casi divino que conocemos como “democracia”, como si fuese la piedra filosofal que da solución a todos nuestros males, olvidándonos de que, en otro tiempo y en otros lugares, otras generaciones anteriores sobrevivieron y vivieron amablemente sin necesidad de ella. Solamente ayudados del uso continuado del sentido común y observando y respetando las reglas de la propia Naturaleza.

Son muchos y muy variados los elementos que pueden estar asociados a comportamientos extremos en la edad infantil. Uno de ellos puede ser el estrés. Un estado de nerviosismo e inquietud interior que puede surgir por causas diversas: tensiones en el seno familiar, desafección escolar, ausencia de motivación en los estudios, miedo al fracaso, etc. Y, en este sentido debemos añadir que, en la sociedad actual, los problemas a los que a menudo se enfrentan los hijos menores pueden tener bastante que ver con la situación laboral crítica de sus progenitores.

También las situaciones ajenas al entorno familiar pero igualmente vinculadas a causas amorosas externas al mismo pueden derivar en trastornos mentales con resultado lesivo contra la propia vida del menor. Casos estos, si cabe, más difícilmente detectables, pero que pueden acarrear contratiempos irreparables.

Las drogas –hoy día accesibles a todos pero muy especialmente a los menores en edad escolar–  constituyen un factor muy a tener en cuenta en estos casos. Sobre todo por la facilidad e impunidad con que actúa la delincuencia dedicada a distribuir esta menesunda entre los diversos sectores de población.

Por otro lado, no debemos olvidar el efecto altamente pernicioso que provocan algunos medios de difusión entre los más jóvenes. Entre ellos se encuentran principalmente la televisión y la telefonía móvil. Elementos estos que, lejos de servir para difundir y mejorar el nivel cultural y de las gentes, así como el conocimiento profundo entre los miembros de la sociedad en general, contribuye a degenerar la salud mental de aquellos que más necesitan estar protegidos, debido a su indefensión por su minoridad.

Por último, no podemos evitar referirnos al grave deterioro de la moral social, en términos generales. En la actualidad un número porcentualmente elevado de la población –no sólo española sino de cualquier país de Europa y de muchos países desarrollados en otras partes del globo– admite, sin ningún tipo de pudor, no creer en Dios. O cuando menos, no ser religiosa en forma alguna. Lo que convierte a la generalidad humana en una especie de monstruo si la comparamos con los seres humanos más primigenios; los cuales, aunque únicamente fuese por ignorancia y temor, miraban al cielo y consideraban, sin poseer la capacidad suficiente para razonarlo, la existencia de algo o alguien superior a ellos, con poderes inimaginables.

En este orden de cosas, resulta sumamente escandaloso que, en pleno siglo XXI, hayamos llegado a un nivel de necedad tan absoluto. Pues, si no han sido suficientes las muestras que, a lo largo de los siglos y del conocimiento, nos han sido dadas para siquiera considerar tal realidad, algo debería llevarnos a pensar, de manera clara y determinante, que nuestros cerebros están fallando profunda y meridianamente. Como también confirma la gran deriva que nuestro mundo está tomando, empujándonos hacia un abismo abierto por nosotros mismos, obligándonos a reconocer, del modo más estúpido, nuestra propia superioridad sobre cualquier otra existente en el universo.

Por tanto, tal vez deberíamos interpelarnos a nosotros mismos. Pensar si en el fondo de ese grave, gravísimo problema que supone el hecho de que criaturas indefensas decidan, en un momento determinado, quitarse la vida para evitar el sufrimiento que les supone soportar un simple acoso escolar, o una disputa familiar, el suspenso en una asignatura, o un supuesto y desabrido amor, merece la pena.

El alejamiento de los principios básicos de comportamiento humano, fundamentados no sólo en la filosofía del humanismo sino en el comportamiento de la propia Naturaleza, sin olvidar otros principios más altos referidos a la fe, supone en sí mismo un claro retroceso en nuestra cultura milenaria. En su defecto hemos decidido alienarnos, limitándonos a nosotros mismos en pos de una perversidad acomodaticia y placentera que nos ningunea hasta convertirnos en peleles de nuestra propia y absurda “excelencia”. Una idea que nos inhabilita para ser lo que verdaderamente debemos ser, hombres auténticos, al tiempo que seres humanos categóricos, libres y poseedores de derechos inalienables. En su lugar, elegimos muerte; decisión que, inevitablemente, nos deja fuera de juego, negándonos la oportunidad de elevarnos a la dignidad de espíritus puros, fuera de toda corrupción y cerca de la Divinidad, a la que siempre estuvimos destinados a servir.

Tal vez el principio de este fracaso se halle en alejarnos de todo eso que siempre conocimos como divino para dejar de ser Aarón y Hur. Y así, mientras los brazos de Moisés decaen, nosotros, sin hacer nada por evitarlo, nos hundimos voluntariamente en el cieno fabricado a partir de ese concepto, alambicado groseramente, denominado “progreso”. Y llegados a ese punto, abandonada la verdad auténtica, elegimos a los amalecitas, en lugar del perdón y la misericordia divinos, único camino de salvación.

Nuestros hijos no merecen esto. Hacerlos endebles, pusilánimes, cobardes ante la adversidad nos convierte en cómplices de sus errores y de sus fracasos. Su pujante vitalidad es destruida por nuestro sinsentido, egoísmo e ignorancia. Por nuestra necedad y tolerancia ignominiosa y denigrante. Y, a la vez, los convertimos en víctimas de sí mismos y de los demás, negándoles la posibilidad de ser hombres íntegros y nobles, ante un mundo que no conoce de retos ni de valores positivos, producto sólo de una libertad y de unos derechos mal entendidos.

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