Jamás me gustó ser repetitivo. Creo que hacerlo supone convertirse en machacón, insistente, pesado y, de alguna manera, insoportable, e incluso antipático. Sin embargo, en este caso, creo que el hecho de ser un tanto reiterativo resulta no sólo conveniente sino educativo. Y puede que, para algunos, hasta un tanto provocador. Algo que, a estas alturas de mi vida, me trae sin cuidado. No en vano gran parte de ella transcurrió enfrentándome a terroristas y asesinos bragados de todos los colores. Así que, arredrarme ahora por escribir unos renglones defendiendo lo que casi nadie considera apreciable y de auténtico valor humano, me parece una sandez.
La cuestión es que –como ya indiqué en mi artículo de hace algunos meses–, no hacer lo posible por enmendar esta impostura, resulta una forma aberrante de comportamiento por parte de todos. Y no sólo eso, sino atentatoria contra nuestro buen nombre y fama. Ambos adquiridos muy honrosamente por otros en tiempos pasados, y disfrutada hoy por todos, al considerarla un derecho adquirido e inalienable.

Pasear por nuestras calles es un hecho que, para la mayoría de los habitantes de la villa, puede resultar intrascendente. Y parece lógico que así sea; pues quien más y quien menos, al ser nacido en ella lo asume como algo tan habitual, que ya ni se detiene a reparar en ello. No obstante, para el forastero que llega de lejos, descubrir nuestras curiosidades históricas, nuestras iglesias y conventos, el entramado de nuestras calles y plazas, el enclave mismo sobre el que se halla ubicado el conjunto urbano, dominando sobre un teso el casi inacabable horizonte pinariego con el Duero a sus pies, y como no, esas primicias que forman parte de nuestras tradiciones y costumbres, encarnan una muy particular manera de contemplarlo todo. Un recuerdo que, tras abandonar el lugar, perdurará para siempre en su memoria, hasta el punto de dejarlo realmente admirado, sino fuera por esos detalles absurdos que conforman la vida y el comportamiento humanos.
Sí. Porque uno puede estar rodeado de un ambiente fascinante, maravilloso, idílico… Pasear disfrutando de cuanto contemplan sus ojos, mientras el/la guía les explica cosas que no conocían. Pero al mismo tiempo ver cómo acaba hecho pedazos por causa de esa estupidez arrogante y absurdamente altiva de la que siempre suele hacer gala el castellano. Ese hombre moderno en su ropaje, aparentemente sereno y comprensivo, que presume ante los demás alardeando de ser no sé qué tipo de “hombre”. Cuando en realidad no se da cuenta de que está permanentemente haciendo el ridículo. Su ignorancia de las cosas y del mundo; su presunción, asentada en una incultura plausible, y, en ocasiones, en su posición económica por encima de los otros… O quizá en su manifiesta debilidad de currante, esa que a ciertas personas honra mientras a otras les hace mitigar sus complejos a base de soltar improperios y maldiciones por su boca contra las cosas más sagradas de la vida, sin entender que con ello se perjudica tanto a sí mismo como a aquello que le representa –pues se equivoca al pensar que es él mismo quien representa al lugar que le vio nacer– y hace que quienes nos visitan, en lugar de dar buena publicidad ante sus semejantes y amigos de cuanto han contemplado con sus ojos, hagan un juicio crítico negativo por causa de las innumerables ocasiones en las que, tras su corta estancia en nuestra localidad, han escuchado sus oídos de boca de los oriundos.

La mayoría de estos visitantes llegan hasta nosotros imbuidos de una idea casi mágica que alguien les ha transmitido a través de sus comentarios como amigo, conocido, etc. Otros, nos visitan con el ánimo de pasar un fin de semana con su familia. Y otros muchos, como los que acuden anualmente en época festiva, porque ya se sienten un poco tordesillanos y presumen en su tierra de ello hablando la lengua castellana, tan apreciada en el mundo entero. Y la mayoría visitan, además de los lugares históricos más destacados, nuestros restaurantes, para disfrutar de la gastronomía popular. El gran problema aparece de nuevo cuando, ya en el comedor del restaurante, tienen la “fortuna” de sentarse más o menos próximos a una mesa en la que se hallan varias personas del lugar. Y, mientras simplemente comen/injieren la comida y hablan entre ellos, se produce esa desagradable situación en la que los exabruptos, las frases alta y groseramente ofensivas contra lo sagrado, y las palabras malsonantes en general forman parte de esa “conversación”. Una charla que, aunque es amistosa, resulta francamente ofensiva para muchos clientes, aunque permanezcan en silencio y no recriminen a aquellos otros su impostura. Para el forastero –e incluso para aquellas otras personas que no lo sean– la impresión debe resultar, cuando menos, bastante insoportable. Y más si lo presencian menores, que no tienen necesidad de escuchar charlas de tan baja estopa.

Otras veces, esta miserable experiencia puede darse en la terraza de un bar, tomando una consumición en la barra, o haciendo una compra en cualquier establecimiento público. Siendo triste comprobar cómo la mayor parte de las personas rehúyen el “enfrentamiento”, aunque solamente sea verbal, o reprensivo. Así, guardando silencio ante tanto barbarismo urbano, acabamos acostumbrándonos a que nos pisoteen para convertirnos en traidores a la causa que afirmamos defender. La cobardía se ha apoderado de nosotros de tal modo, que somos incapaces de responder ante la más grande ofensa hacia nosotros mismos, nuestros seres queridos, o nuestras ideas o formas de pensar.
Lo mismo ocurre si nos fijamos en las instituciones que tienen la obligación de defender nuestros derechos. Todo a nuestro alrededor hace aguas y carecemos de salvavidas, cuando lo lógico y razonable sería que aquellas instituciones que mantenemos con nuestro dinero y trabajo respondiesen recta y firmemente ante las ofensas y perjuicios que se nos causan tanto a las personas físicas como a las personas jurídicas de derecho público (Villa de Tordesillas).

Por tanto, no podemos continuar así de la mañana a la noche. No estaría demás que, quienes tienen a su cargo la obligación de velar por el honor y las buenas costumbres en nuestra localidad se preocupasen por hacer todo lo posible para que tanto una cosa como otra gocen de buena salud. Alguna medida podrá tomarse al respecto sin menoscabar los derechos individuales. Tordesillas no merece dar tan nefasta imagen ante quienes nos visitan a diario durante todo el año. Tampoco ante los propios que viven y conviven con nosotros. De lo contrario, el tiempo, de un modo u otro, acabará dándonos la razón a los disconformes. La inacción únicamente puede acarrearnos fracasos, tanto en lo social como en lo personal. Nuestra villa de Tordesillas se merece algo más que poner farolas o mejorar el estado de las calles, por poner un ejemplo. LA IMAGEN DE TORDESILLAS SOMOS NOSOTROS MISMOS.

