La polémica con este “gobierno”, un grupo de personas que parecen haberse asociado más para el mal que para el bien –lo cual tiene una denominación en el Código Penal– está servida permanentemente. Uno no sabe a qué atenerse en cualquier situación, se trate de asuntos o cuestiones del tipo que fuesen.
Las muestras más cercanas son, por un lado, la referida a la “prioridad nacional”, ya suficientemente tratada no sólo en los medios de comunicación, también en las redes sociales. Y, la más reciente, la que atañe al asesinato de miembros de la Guardia Civil en un nuevo enfrentamiento contra redes mafiosas del narcotráfico en la zona gaditana de Barbate (Cádiz). Sucesos ambos que, desde todos los puntos de vista, suponen una grave puesta en cuestión sobre la gobernación de España por parte de un partido político de izquierda radical, que parece más decidido a acabar con ella que en hacerla brillar por encima de las más obscenas posturas del globalismo europeísta.

En primer lugar, comenzaremos por aclarar cada uno de los términos que hacen referencia a esta idea:
– Peligro: supone la contingencia inminente de que suceda un mal.
– Peligrosidad: se entiende como la cualidad de “peligroso”. Y está referida a aquello que caracteriza a cuanto distingue o forma parte de la naturaleza de la cosa, que, en este caso particular, viene referida las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
– Riesgo: es toda contingencia que, en determinada situación, puede ser objeto de peligro.
En segundo lugar, haremos mención de las que, actualmente están consideradas en España como profesiones de riesgo. Son las siguientes:
– Mineros (reconocidos como profesionales de riesgo en el Estatuto Minero).
– Trabajadores ferroviarios (maquinistas, caldereros, y chapistas).
– Personal de vuelo de compañías aéreas.
– Artistas (cantantes, bailarines, trapecistas y actores).
– Bomberos.
– Profesionales taurinos: toreros, banderilleros, picadores.
– Policías locales, Ertzaintza, y Mossos d`squadra.
– Policía Foral de Navarra.
A tenor de este cuadro de profesiones, reconocidas como “de riesgo”, parece de sentido común considerar cuáles son los elementos de juicio que se han tenido en cuenta para determinar dicha particularidad a algunas de ellas. Y ello porque, a nuestro modo de ver, tal parece que la fórmula utilizada para integrarlas en ese apartado ha sido, cuando menos bastante caprichosa. Una de las que más ha llamado nuestra atención es la denominada “artistas”. Una profesión en la que los términos “riesgo”, “peligro”, o “peligrosidad”, se mire como se mire, no parece hallarse en sintonía con lo que se pretende en este caso concreto aclarar. A no ser que, en las funciones de teatro, o en los ensayos diarios de sus representaciones teatrales o cineastas (salvo casos excepcionales), se les caiga el soporte del telón encima de la nuca ocasionándoles lesiones gravísimas, o incluso la muerte.

En el caso de los trabajadores ferroviarios, exceptuando los maquinistas, los caldereros y los chapistas tampoco se nos ocurre cuáles pueden ser las situaciones peligrosas a las que se pueden presentar. Aunque, al fin y al cabo, su trabajo parece más ajustado a padecer riesgos y peligros que los del personal integrado en el apartado anterior.
Nada tenemos que objetar en cuanto a la profesión minera. Repleta de casos terribles, en los que muchas personas dedicadas a esta profesión bajo tierra, a grandes profundidades y con medios poco o nada seguros, han perdido la vida. Como tampoco nos olvidamos de esas típicas enfermedades mineras, conocidas como silicosis (que produce inflamación, cicatrices y rigidez en el tejido pulmonar), o neumoconiosis (debida a la acumulación de polvo de carbón en los pulmones). Todo lo cual justifica sobradamente su catalogación como profesión de riesgo.

Las abnegadas profesiones de bombero, así como la de quienes dedican sus vidas al gran arte de la tauromaquia se hallan expuestas igualmente al riesgo que supone enfrentarse a un fuego, o a una bestia única, como es el toro de lidia. Son numerosos los casos en los que estos profesionales han muerto en el ejercicio de sus respectivas profesiones. Y lo único que han conseguido, a veces, ha sido el reconocimiento a través de un monumento ubicado en algún espacio público, por cierto, no demasiado concurrido. Sin embargo y pese a todos estos detalles, hay realidades que no se pueden concebir ni justificar. Ni siquiera desde el más vacuo punto de vista. Y menos si se analizan detenidamente desde la lógica y la razón. Métodos estos que deberían ser objeto en cualquier discusión o decisión serias, y que, sin embargo, en estos aciagos tiempos que corren, desgraciadamente, parecen carecer de la importancia debida para quienes desarrollan sus vidas entre las bambalinas y sillones de cámaras políticas y senados al más puro estilo romano e infestados por la corrupción más absoluta, desde la que emiten ordenes, decretos, soluciones y leyes absurdas a los problemas que pesan sobre nuestra sociedad y nuestra nación enteras. Y así, tomando como referencia el caprichoso modo de contemplar las vidas de quienes se arriesgan a diario para mantenerles a salvo de cualquier atentado terrorista, o del acto criminal de un desaprensivo, se permiten el lujo de emitir juicios y decisiones que tan sólo se le ocurrirían a un necio, a un exaltado, a un fanático, a un resentido, o a un enfermo grave de paranoia. De hecho, si hacemos un recuento de las personas que dieron su vida o murieron en acto de servicio, o como consecuencia de actos terroristas (sin estar realizando su horario de trabajo normal), o de criminales reincidentes y puestos en libertad sin motivo justificado alguno por delitos gravísimos contra la vida o la propiedad a lo largo de todos los años inmediatamente anteriores a la instauración de la democracia en España (e incluso durante los primeros años de su puesta en funcionamiento), podremos observar con meridiana claridad cuáles son los riesgos y peligros a los que permanentemente están expuestos los miembros de nuestros Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Y no incluyo en este apartado a aquellos que forman parte de policías autonómicas, forales, o municipales, cuyas funciones y preparación policiales se hallan muy por debajo de las que son exigidas a las de los Cuerpos y Fuerzas con carácter nacional, sino más bien al cuidado y protección de aquellas personas pertenecientes a partidos políticos en los que ostentan cargos de cierta responsabilidad. Personas a las que (sin ánimo de menospreciar su labor) amparan y protegen más desde un punto de vista servil que puramente profesional.

No en vano debemos añadir que su preparación como agentes policiales depende de aquellos Cuerpos, con capacidad para operar en todo el territorio nacional y en cualquier tipo de situaciones, como son el de Policía Nacional y Guardia Civil. Pese a todo ello, y teniendo en cuenta los medios de que disponen para llevar a cabo sus labores profesionales, más y mejores incluso que aquellos de los que son dotados los Cuerpos de los que hemos hecho mención, además de mejor retribuidos, el hecho de que se les niegue el acceso a esa consideración profesional, “de riesgo”, nos parece un acto de vileza sin límites. Quienes llevan a cabo este empecinado, sucio y despreciable comportamiento no merecen ni el pan que comen. Ni el respeto que exigen. Ni los beneficios y privilegios que las leyes les conceden graciosamente.

A pesar de todas estas consideraciones, los desprecios hacia nuestras C.F. de S. del E. por parte de aquellos que deberían ejercer con justicia y magnanimidad su cometido son continuos, no respondiendo por ello a un modo ni digno ni ético, tanto en lo personal como en cuanto se refiere a su calidad de personas públicas. La respuesta que tan reiteradamente están ofreciendo a estos servidores de la ley, más allá de parecernos injusta, nos proporciona todas las escusas para calificarla como actos ladinos, indignos de personas públicas que se precian de honorables, y sí más próximas a la bellaquería más absoluta. E incluso nos atreveríamos a calificar como como actos de venganza, o de odio, y que, por alguna causa, no nos atrevemos a citar por temor de ser represaliados.
Sea como fuese, esta es la realidad que contemplamos. Una verdad que se materializa vilmente y con toda su crudeza en aquellos Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado que, aunque sólo fuese por su abnegación, deberían hallarse el lo mas alto en cuanto a consideración de todos. En cambio, se les insulta sin ningún tipo de ambages. Lo que sigue siendo para nosotros un acto de odio continuado. Para que luego pretendan darnos lecciones de lo que supone el odio en nuestra sociedad. Ellos son nuestros auténticos maestros.


