
Toreaba el francés Clemente en la corrida de esta tarde en Madrid a «soldador», un ejemplar de Juan Pedro Domecq de los que llaman marrajos en el argot, pues cada embestida a la muleta del diestro hacía salir un ¡ay! del pecho aficionado, ante la exigencia del animal. Se levantaba el polvillo de la cal y la arena en cada evolución y el torero francés, firme como una roca, entregado, valeroso, arrimándose e intentando conformar una faena de poder y sazón.
Hay un momento en el que el diestro mira hacia el callejón, tal vez porque los «capitanes» le estaban dando consejos, manía que debería prohibirse, en mitad de la faena, mientras ellos estaban acogidos a sagrado, por lo que se produjo la distracción que ha podido resultar fatal al joven torero. En ese momento el «soldador», alargó el pescuezo y lo enganchó por el muslo derecho subiéndole al aire con Vedrines prendido del cuerno. Al caer, el apoyo de todo el peso con la violencia de la caída recae en el brazo, quedando maltrecho y, según nos dicen en el parte, con fractura de húmero.
Clemente lo conocimos cuando era Carlos Zúñiga, el viejo, quien lo llevaba como apoderado y siempre decía de él que era uno de los toreros con más futuro de los que había apoderado. Y era verdad que sus éxitos se contaban día a día en cada actuación por actuación, hasta que no se sabe bien por qué, el olvido cayó en este joven torero.
Hoy en Madrid ha echado sus cartas de nuevo, arriesgando y exponiendo en una de las últimas corridas de esta Feria de San Isidro. Y desde aquí, por la amistad y el respeto, desearle una pronta recuperación en la vuelta.
Del resto del festejo, un soberano aburrimiento. Y no digo más.
Foto: Plaza1


