
«Abrazaos, millones de criaturas, que este beso envuelva al mundo entero».
El Auditorio Miguel Delibes de Valladolid acogió el pasado 20 de junio el último concierto del Abono de Proximidad de la presente temporada, una cita especialmente significativa al estar dedicada a una de las cumbres indiscutibles del repertorio sinfónico: la Sinfonía n.º 9 en re menor, op. 125, de Ludwig van Beethoven. El concierto contó con los artistas invitados Louise Foor (soprano), Carmen Artaza (mezzosoprano), Werner Güra (tenor) y José Antonio López (barítono), junto con el coro de la OSCyL bajo la dirección de su titular, Jordi Casas, que acredita una extensa trayectoria con cerca de 3.000 conciertos a sus espaldas. Más de dos siglos después de su estreno, la llamada «Coral» continúa ejerciendo una extraordinaria capacidad de convocatoria y emoción, reuniendo en torno a su mensaje de fraternidad universal a intérpretes y público en una experiencia musical que trasciende lo puramente artístico.
A comienzos del siglo XIX, Beethoven dio forma definitiva a una idea que le había acompañado durante años: incorporar a una sinfonía los versos de la Oda a la alegría (An die Freude) de Friedrich Schiller. De ese largo proceso de maduración surgiría una obra de arquitectura colosal que, pese a sus dimensiones monumentales, posee el carácter confesional e íntimo de un diario personal. En la Novena Sinfonía confluyen la experiencia vital del compositor, sus ideales humanistas y una extraordinaria capacidad para transformar la reflexión más íntima en un mensaje de alcance universal. Tenía en torno a cincuenta y tres años cuando concluyó la partitura, en una etapa en la que su figura ya había alcanzado una enorme proyección, llegando incluso a codearse de tú a tú con la nobleza de su tiempo.
La obra está estructurada en cuatro movimientos y presenta un desarrollo progresivo en el que todo el discurso musical parece orientarse hacia su desenlace final: el cuarto movimiento, en el que irrumpe la célebre Oda a la alegría. Tanto el proceso de ensayo como el propio estreno estuvieron marcados por dificultades significativas, dando lugar además a un inevitable proceso de mitificación que acompañaría desde entonces tanto a Beethoven como, en general, a los artistas del Romanticismo. En este imaginario ocuparía un lugar central la progresiva sordera del compositor, convertida en símbolo de una lucha creativa casi sobrehumana que rodea, todavía hoy, la gestación de esta obra imperecedera. La interpretación de esta excelsa partitura constituyó el broche final de una temporada que ha vuelto a acercar la música sinfónica a nuevos públicos, culminando con una pieza artística cuya dimensión humana y musical sigue representando uno de los grandes hitos de la historia de la música occidental.
Entre otras paradojas artísticas de esta monumental obra maestra, caben señalar tres; la primera, que esta sinfonía era escuchada por Hitler con cierta frecuencia, pero especialmente el día de su cumpleaños; la segunda, que era la música preferida de Álex, el violento personaje de la novela escrita por Anthony Burgess ´La Naranja Mecánica´ que fue llevada al cine en la célebre adaptación cinematográfica dirigida por Stanley Kubrick; y, por último, la que todos conocemos, y es que desde 1985 su célebre “Himno a la alegría” -en el arreglo orquestal de Herbert von Karajan y sin texto- fue adoptado como himno oficial de la Unión Europea, reforzando aún más su dimensión simbólica y universal.
«Gozosos como los astros que recorren
los grandiosos espacios celestes,
transitad, hermanos,
por vuestro camino,
alegremente,
como el héroe hacia la victoria.
¡Abrazaos, criaturas innumerables!
¡Que ese beso alcance el mundo entero!
¡Hermanos!, sobre la bóveda estrellada
tiene que vivir un Padre amoroso.
¿No vislumbras, oh mundo, a tu creador?
Búscalo sobre la bóveda estrellada.
Allí, sobre las estrellas, ha de vivir».













