El día 22 de Septiembre, cuando mi esposa y yo poníamos los pies en la calle, algo llamó poderosamente nuestra atención. Una imagen olvidada penetró nuestras pupilas. E instantáneamente hizo que nos trasladásemos a una época pasada, en la que cuanto estábamos contemplando en aquellos momentos era algo tan normal que a nadie le sorprendía. Hoy, por el contrario, a casi nadie le sorprende tampoco; pues la falta de religiosidad y de fe en nuestra sociedad se ha extendido de tal modo, que ya no nos queda tiempo para admirar las cosas verdaderamente bellas de la vida.
Se trataba de un grupo de monjitas, ataviadas todas y cada una de ellas con su correspondiente hábito y velo de color negro, y cofia y babero blancos, que, acompañadas por varias personas vestidas con ropa de paisano, deambulaban algo despistadas a la altura del cruce entre las calles Libertad y San Antolín, sin saber qué dirección tomar. Subían, bajaban y volvían sobre sus pasos. Hasta que por fin, alguna de las personas que las acompañaban les indicaron que siguieran tras ellas hasta la zona del Palacio. Y una vez en él, después de recorrer brevemente el mismo y sus jardines, tomaron la calle Alonso Solórzano en sentido hacia la Iglesia convento de Santa Clara.

Antes de que llegaran a la plazuela conocida como el Campo Cruz, abordamos a dos de las más jóvenes que caminaban algo rezagadas tras el resto de sus hermanas. Y, tras darles los buenos días comenté en tono cordial lo gratificante que resultaba encontrarse con una imagen como la suya, un grupo numeroso de monjas caminando por las calles. Algo que hacía muchos años que ya no teníamos la oportunidad de contemplar sin pasmarnos.
Ellas, volviendo sus rostros hacia nosotros, sonrieron diciendo: – “Es cierto. Ya no es como antes, ¿verdad?”

Mientras seguíamos caminando hacia el convento conversábamos. Y les preguntábamos quién era la hermana que comandaba el grupo. Una de ellas, anticipándose a la otra, nos reveló el nombre de la superiora. De modo que, ni cortos ni perezosos, nos adelantamos hasta el grueso del grupo con el fin de conocerla y hacerle saber cuál era nuestra intención. Ella accedió gustosa a nuestro deseo. Y, tras tomar algunas fotografías del grupo y tomar nota de algunos detalles, nos despedimos para dejar que continuasen con su visita.
Era una excursión espontánea, organizada con motivo de la fundación de la Orden. Una comunidad que tiene asilos en Medina del Campo, Ávila, Zamora, Benavente, etc. además de otros en la Comunidad castellano-leonesa y que responde al título de: Hermanitas cuidadoras de los ancianos desamparados. Dedicada específicamente a estos menesteres, fue fundada el 27 de enero de 1873 por el siervo de Dios Saturnino López Novoa y Santa Teresa Jornet, siendo el año de 1873 el de la fundación de dicha congregación, en Barbastro.
A su muerte, el 26 de Agosto de 1897, habría dejado fundados 103 conventos asilo entre España y América. Fue beatificada el 27 de Abril de 1958, por Pío XII; y canonizada el 27 de enero de 1974, por el papa Pablo VI.
De las 23 hermanas de esta orden religiosa pudimos conocer que la de mayor edad había cumplido los 83 años; y que la más joven sólo tenía 23.

En cualquier caso, la mañana resultó ser muy gratificante. Sobre todo en el sentido religioso, viniendo a nuestra memoria otros tiempos, sin duda mejores en cuanto a espiritualidad. Al mismo tiempo que nos proporciona una referencia histórica y social nada desdeñable; pese a que en estos momentos creamos vivir, sin duda equivocadamente, sumidos en unos parámetros de libertad y bienestar mucho mejores que los de entonces. Algo que resulta, al menos desde nuestro punto de vista, bastante erróneo. Y, desde la perspectiva cultural, algo demasiado simplista y grosero, habida cuenta de que lo que más se idolatra, en este tiempo, son únicamente el bienestar económico y cualquier otra cosa material, incluido todo lo carnal o lascivo.
El tiempo siempre acaba quitando la razón a quien verdaderamente no la tuvo. Pero si no creemos en esto, consideremos al menos lo que pensaba Goethe: “Qué insensato es el hombre que deja transcurrir el tiempo estérilmente”.

