Cada día más cerca del abismo

por J.A. "GARAÑEDA"

El anuncio de elecciones por P. Sánchez (en adelante, “el cínico”) para el próximo 29 de Noviembre de este año supone, en principio, una buena noticia. No obstante, el hecho de que haya muchos españoles que estén deseando ver cómo este Presidente abandona contra su voluntad la Moncloa no excluye la realidad opuesta. Me refiero, como no puede ser de otra forma, a ese otro sector de la sociedad que disfruta con su presencia, al tiempo que goza y medra gracias al oportunismo y el revanchismo que derrocha su líder, en un sesgo permanente y lleno de impasibilidad. Una actitud gubernamental con la que parece disfrutar, cometiendo desmanes por doquier y sumiendo a España en un caótico espacio donde es muy fácil mantener vivo el fanatismo y el conformismo entre las generaciones más jóvenes e ignorantes.

Durante las dos etapas de gobierno que lleva y tras el rastro dejado por la rimbombante farsa política de Zapatero, el cínico heredó un campo abonado que ha supuesto dar continuidad a aquella oscura chabacanería repleta de mentiras, falta de seriedad y de política de Estado, y, más que nada, repleta de toda clase de extravagantes decisiones (hurtar los archivos históricos de la guerra civil española, dar paso a una historia de España inventada por intereses electoralistas, etc.), con toda una serie de continuos atropellos decretales, cuyo objeto no era otro que generar confusión y división en el seno de la sociedad española. Lo cual ha equivalido a dejar España en lo más netamente parecido a un erial cultural y de odio, en lugar de auténtico progreso. Un espacio donde hoy cunde por doquier y de manera terrible la tierra quemada, el baldío, la despoblación de los pueblos, un manifiesto nivel agreste en la mente de las gentes, y un descontento generalizado entre los grandes profesionales. Además de una atmósfera podrida, donde puede comprobarse fácilmente el desmán que la mano negra del revanchismo abominable domina inconsecuente sobre el Ejecutivo, supuso un funesto paso a través de la política nacional. Y todo movido simplemente por el deseo de acaparar totalitariamente el poder, para intentar convertir a los hombres y mujeres de este país en la anodina e incompasiva marca del mal. De hecho, ya no hay lugar en el que sembrar flores, campos de rica mies, bosques fecundos en los que tenga cabida una rica diversidad arbórea en función de los suelos a los que se destine. Ni la variedad de especies cinegéticas, capaces de garantizar alimento para el futuro, al amparo de ese crecimiento sostenido y razonable que muchos deseamos. En su lugar, se rompe impunemente el equilibrio natural de las cosas, y se destruye premeditada y alevosamente, para generar una situación babélica en la que predominen las bestias sobre la mansedumbre, estableciendo una convivencia (si es que puede denominarse así) en la que el desastre de muchos suponga el enriquecimiento de unos pocos.

Esa es la “democracia” en la que estamos, y que tantos embobados idolatran como si se tratase de un dios poderoso y ecuánime. Cuando en realidad sólo se trata de un espejismo, de una visión perversa, mostrada ante nuestros ojos únicamente para confundirnos y hacernos caminar por senderos sin luz y trochas pedregosas levantados por señores medievales sin espada, pero con gran poder exterminador. O por reyes coronados y con espada, pero sin poder.

Ya en artículos anteriores hice alusión acerca de las consecuencias que el paso del socialismo radical provocó siempre sobre la gobernabilidad del Estado en nuestra patria. Sin embargo, intentar hacer que un elector comprenda la repercusión que esta opción política puede conllevar, en todos los aspectos de la vida nacional supone una utopía. Efectos estos todos que, en opinión de un hispanoparlante, sería catalogado de morondanga.

Tal vez, ahora que comenzó el pistoletazo de salida de cara a las nuevas elecciones generales, los votantes debiéramos interpelarnos acerca de cuál será nuestra decisión cuando llegue el momento. Y hacerlo, por supuesto, en función de las mermas de calidad que, en términos generales, hemos sufrido a lo largo de estos últimos años: poder adquisitivo, cesta de la compra, educación (en todos los niveles), perdida de derechos individuales y colectivos, fiscalidad, fiabilidad institucional, deterioro de los niveles de moralidad y comportamiento social (tanto a nivel personal como de grupo), seguridad laboral, mejoras en la sanidad, independencia de poderes, adquisición de vivienda, reducción del IRPF pensionistas, etc. Y todo ello sin olvidar el tipo de gestión han llevado a cabo por estos últimos gobiernos socialistas en relación con los fondos públicos. Lo que puede comprobarse fácilmente a tenor del estado de la deuda pública contraída hasta estos momentos por el Estado/Gobierno, algo que parece irrecuperable en los próximos veinte años. Y, desgraciadamente, algo que suele repetirse con cada uno de los gobiernos de este signo ideológico.

Pero quizá, además de tantos aspectos que, desde el punto de vista de nuestra propia estima personal y moral nos honran, quizá los más importantes sean los se refieren a aquellos valores positivos que hemos ido perdiendo sin apenas dolernos de ello. E igualmente cuanto tiene que ver con el aprecio y consideración que, el mundo en general, siempre nos mostró. No sólo por nuestra historia, sino por ese carácter descubridor, transmisor de culturas milenarias heredadas de los grandes pueblos de la antigüedad clásica, y de fe. De ese cristianismo, siempre arraigado en lo más profundo de nuestra existencia, promovido no sólo a través de nuestros reyes a lo largo de los siglos, sino de nuestros propios antecesores y familiares. De hecho, si todos y cada uno de estos aspectos han tenido especial relevancia en el desarrollo de nuestro pueblo, lo que más perjuicios, daños y desgracias nos causó fueron, sin lugar a dudas, las reiteradas transgresiones llevadas a cabo por parte que las ideologías de izquierdas sobre nuestra herencia en valores positivos. Y en ocasiones la propia condescendencia del liberalismo, y hasta el propio capitalismo económico, en sus ansias insaciables de riqueza.

Pero, retrotrayéndonos a las propias democracias europeas, recordemos tiempos más lejanos, y  cómo, en algunos de aquellos otros imperios y naciones, ya se tomaban medidas para atajar la corrupción, incluso contra de aquellos mandatarios que, lejos de respetar las reglas de la gobernación, se atrevían a conculcar omnímodamente las mismas, sin temor a sufrir descalabro alguno por ello. Algo que, en ocasiones, era impedido gracias a las propias personas próximas a ellos, al convenir adecuadamente el modo de acabar con semejante abuso de poder. Así, por ejemplo, en el caso del imperio romano, siendo el año 123 a.C. se establecieron tribunales permanentes para atajar tales excesos. Estos tribunales, conocidos como “Quaestiones perpetuaes”, eran los encargados de investigar y juzgar las malas praxis y las extorsiones que los gobernantes de las provincias, tras ser denunciados por los ciudadanos, habían llevado a cabo durante sus mandatos. Y, si bien en principio no tuvieron demasiado éxito, finalmente acabarían por definir legalmente un tipo de delito, denominado bajo el nombre “crimen repetundarum”, referido a los delitos de corrupción, cohecho, o tráfico de influencias.

En cuanto al abuso de poder en sí mismo, las leyes fueron ajustándose debidamente y definiendo nuevos delitos; tales como el “crimen maiestatis”, alusivo a los abusos de poder por parte de senadores y magistrados. Delito considerado como uno de los más graves, pues atentaba contra la propia República y se castigaba incluso con la pena de muerte, o con el exilio voluntario.

Otro de los delitos con que se castigaba la trasgresión de poderes o funciones era el denominado “crimen peculatus”, referido a la malversación de fondos públicos, o a la alteración de moneda y/o documentos oficiales por parte de funcionario.

También existía el “crimen ambitus”, que hacía referencia a la corrupción electoral, referida especialmente a la compra de votos.

Por otra parte, en tiempos del despotismo, la respuesta final contra los abusos de poder de los monarcas absolutos, tuvo su respuesta más firme en tiempos de la Revolución Francesa. Entre los casos más conocidos se encuentran los de Luís XVI y su esposa. El primero fue depuesto, y ejecutado el 21 de enero de 1793. Y nueve meses más tarde el de su esposa, María Antonieta de Austria, quien corrió la idéntica suerte que su esposo. Tras estos acontecimientos, la monarquía fue abolida.

Por último, como botón de muestra y tomando como referencia la novela titulada EL PRÍNCIPE, de Nicolás Maquiavelo, señalaremos que, haciendo un breve resumen de cuanto en ella se narra, se establece como tema principal la finalidad de la práctica política, cual es conservar exitosamente el poder. Algo que puede llevarse a cabo mediante dos formas esenciales, y, según las circunstancias políticas de dos formas: a) detentando el poder absoluto, b) administrándolo conjuntamente con un grupo de barones de nobleza propia (no adquirida por gracia del príncipe). Entre ambas opciones, la obra aconseja optar, siempre que sea posible, por la primera de las opciones: detentar el poder absoluto, ya que, con la segunda, el príncipe ostentará una menor autoridad y deberá sofocar frecuentemente rebeliones internas.

Por consiguiente, ateniéndonos a los ejemplos expuestos, debemos aclarar que, según nuestra opinión y a la postre del recorrido político efectuado hasta la fecha por nuestros gobernantes socialistas, y mayormente por el actual Presidente de Gobierno, “el cínico”, cuanto ha acontecido y continúa aconteciendo en España no es sino un ejercicio repetido y perverso destinado a destruir el Estado desde dentro. Para ello, no se ha dudado en poner en práctica un exhaustivo movimiento de adoctrinamiento en el que se han visto involucradas, de forma más o menos directa, todas las instituciones del Estado, bien sean públicas o privadas. Un acto premeditado y alevoso que, a la postre, acaba teniendo repercusión en la sociedad, tanto a nivel individual como familiar y colectivo. Y cuya consecuencia final más pérfida es el “negocio” electoral, sujeto actualmente a todo tipo de manipulaciones, socavando así la normativa electoral, siempre con ánimo de perpetuación en el poder.

A tenor de estas actuaciones cabría pensar qué tipo de soluciones podrían aportarse en una forma de gobierno como la actual española, en la que se dan soluciones que, casi siempre, favorecen a un amplio sector de la población afecta al grupo político de gobierno. Algo que supone un grave problema, pues conlleva, sin duda, una delicada afección en cuanto se refiere a la gobernabilidad de la nación y, sobre todo, a la convivencia pacífica del conglomerado social. Existen sobrados ejemplos históricos documentados que reflejan formas de “reparación” para estos casos. Aunque, en su mayor parte son violentos. Por lo que, en estos momentos son absolutamente descartables. No obstante, dado que nuestra Constitución lo permite (al menos teóricamente) sería de obligada ocupación por parte de los partidos políticos y de las más altas instancias del Estado, encontrar el medio para evitar el sesgo político y, más que ninguna otra cosa, una indeseable involución que nos llevase a revivir tiempos pasados.

Como colofón únicamente añadir que España es un gran país. Y una nación milenaria, en la que se dan cita secular culturas y formas de pensamiento variopintas, a veces difícilmente concertables, pero no imposibles. Empeñarnos en hallar una fórmula para evitar que personajes decididos a gobernar para dar satisfacción sólo a una parte de la población nacional supone un claro peligro. Principalmente si en el subconsciente de quien o quienes lleven a cabo esta maniobra subyace la idea inequívoca de convertirse en líder insustituible. Lo cual, desde mi modo de ver las cosas, supone una mala solución y un riesgo demasiado alto que debemos evitar a toda costa. La alternancia política es, de algún modo una manera de dar satisfacción temporal al electorado. Pero no hay que olvidar que cualquier clase de medidas debe ser satisfactoria mayoritariamente. Y no intentar mantener el equilibrio socio–político siempre supone un aproximamiento al abismo. Tratemos, entre todos, de evitarlo. No es un consejo, sino una sugerencia nacida de la observación diaria del comportamiento humano. En ocasiones demasiado imprevisible y, por ende, forzosamente evitable. Unas elecciones generales, pueden suponer un “juego” para ciertos sectores poblacionales que, demasiado a menudo, suelen olvidarse de cuál es el verdadero sentido de la gobernabilidad de un Estado, de un Pueblo. Y, éste pudiera ser el caso en el que nos encontramos. De modo que, procuremos que nuestra elección de voto sea, más que ninguna otra cosa, saludable en todos los sentidos.

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