La plaga de la langosta y el gueto

por J.A. "GARAÑEDA"

Desde que se produjo la Marcha Verde, organizada y denominada así por el gobierno marroquí, no se han producido intentos graves de violación de nuestras fronteras por parte de Marruecos. Por aquella época, el Generalísimo (Francisco Franco Bahamonde, Jefe del Estado español), se encontraba en las postrimerías de su existencia. Y Hasan II, curiosamente, aún vivía. Pero, a pesar de las buenas relaciones que habían mantenido hasta aquellos momentos sendos estados, la ocupación de la que fue objeto la provincia española número 53 se llevó a cabo. Y lo más lamentable es que la invasión tuvo lugar con el apoyo soterrado de la ONU, a la que España pertenecía como miembro de pleno derecho desde 1955.

Así pues, tras la desaparición del Generalísimo y del organigrama del Estado nacional, tal y como había sido concebido hasta entonces, dejó de existir. El pensamiento político de Pericles, de Aristóteles, etc. ocuparon con fuerza los estratos sociales de nuestra “ignorante” aunque gran nación, manejados ahora hábilmente por quienes, desde la sombra, dirigían el cotarro apoyándose en las caras famosas que tantos idolatraban y de otros conocidos por su supuesta honestidad, o por su también supuesta defensa a ultranza de los derechos y libertades “hurtados” al pueblo durante más de cuarenta años. Y así, vigorosa pero dudosamente agraciada para muchos, pasó a convertirse en la vieja forma de gobierno de Grecia y de tantos otros pueblos de la antigüedad: la democracia. Una manera más de llevar a las ovejas por el redil y que, en el caso nuestro, está dando unos resultados catastróficos.

A la postre y teniendo en cuenta cuanto nos está acarreando el cambio, no parece muy halagüeño el futuro que nos aguarda. La mayor parte de los políticos que han tomado parte en los gobiernos que ha tenido España desde el 78 han dejado bastante que desear. Y de hecho, si nos atenemos a los resultados de su gestión, podríamos contar con los dedos de una nano aquellos que han superado el aprobado raspado. Y menos aún los que podrían ser calificados con un notable bajo (7).

Por otro lado, los gobiernos de izquierda que hemos tenido a lo largo de estas décadas, han sobrevivido siempre apoyándose en los viejos rencores sobrevenidos de la confrontación de nuestra tristísima guerra civil de 1936. Una pesadilla que se han preocupado muy mucho por mantener viva al considerarla altamente rentable electoralmente. Sobre todo en los tiempos que corren, en que, llevados de la mano de un presidente carcomido por la paranoia y un grupo de amiguetes indeseables, los mires por donde los mires, las perspectivas de futuro y de paz en nuestra querida España resultan muy preocupantes.

Ya hemos escrito en algunas ocasiones acerca de la enorme polarización que está adquiriendo nuestra sociedad desde que la casta política que, preocupada continuamente por su propio bienestar y empecinada en mantenerse en el poder a costa de cualquier cosa, intenta sobrevivir, ya como gobierno, ya como oposición a costa del “consenso”. Ese concepto tan manido como desfigurado, que debería denominarse, lisa y llanamente “bajarse los pantalones”. Sí; porque el “consenso”, en muchas ocasiones, supone “tragar” a costa del electorado, que ve cómo sus condiciones de bienestar son cada vez más críticas, y cómo sus derechos son recortados una y otra vez en beneficio de aquellos que vienen de ninguna parte conocida y que todos hemos aceptado en llamar “migrantes”, en lugar de invasores; o “cuestión humanitaria”, en lugar de reconocer abiertamente que no son más que elementos indocumentados que, movidos por situaciones más o menos adversas, se ven en la necesidad de recurrir al “socorro” de delincuencia organizada, primero, y del humanitarismo de ciertos países democráticos que utilizan este parapeto para protegerse del declive definitivo mientras sonreímos a Europa, que es en definitiva la que más nos hace la puñeta.

De este modo, España y los españoles de bien nos encontramos permanentemente en la cuerda floja. Amenazados de continuo por quienes, al amparo de la lucha de clases, ven a las clases medias como un ejemplo semejante al empresario, que les explota y vive a costa de su sacrificio. Pero sin querer ver el esfuerzo que, para muchas personas de ese estrato social, ha supuesto ganarse esa calidad de vida de la que disfruta, lo que ha tenido que arriesgar para lograrlo, y cómo no, el enorme empeño que ha tenido que poner en evitar que le señalen con el dedo aquellos que prefieren vivir cómodamente instalados en la subvención permanente. De modo que, todo ello supone, además de todo cuanto hemos mencionado, encontrarse sometidos a tener que soportar la presión de la espada cuando te encuentras de espaldas a la pared. O vivir soportando calladamente a los traidores, que lo único que desean es, apartarte de sus vidas, cuando menos.

Así, la traición vuelve, nos guste o no, al parecer para quedarse. Se halla presente en los proscenios y bastidores de la política de gobierno. Y todo indica que, esta vez, con el deseo imperturbable de quedarse indefinidamente. Una traición cuyo nombre propio es Pedro Sánchez, y que, al amparo que le brindan sus secuaces en el Gobierno, está dispuesto a hacer y deshacer a su antojo. El ejemplo de Ceuta es la prueba más evidente de lo que persigue. Pese a que algún diputado de VOX en la C.E. le llame tonto e inútil. Algo que no compartimos, aunque entendemos que haya motivos para llamárselo. Sin embargo, la realidad apunta en otro sentido. Una dirección que sólo puede adivinarse desde la perspectiva del ingente número de asesores que mantenemos con los impuestos de todos. Asesores entre los que, sin duda, están camuflados los auténticos ideólogos de todo este tinglado con el que únicamente se pretende destruir España por los cuatro costados. Dicho de otro modo: el tonto, puede que lo sea verdaderamente. Pero si el listo le dice “tira por ahí”… que al final tendrás un caramelo. Estamos perdidos.

Esto es lo que sucedió en el caso del Sahara español. En un momento crítico de nuestra andadura política y social. De modo que, desde el principio conocido de “acción – reacción”, nos pilló, como se suele decir coloquialmente, “en bragas”. A pesar de que todas las informaciones que se poseían eran veraces. ¿por qué se actuó como se actuó? No lo sabemos. O sí; pero nadie suelta prenda.

Ahora la realidad de Ceuta no es otra. Existe un factor importantísimo, que es relativo a la traición. Y sabemos concienzudamente quién o quienes están representados en ella. ¿por qué no se actúa? En este caso da la casualidad de que hay demasiados factores implicados. Ya que muchos son los que se han dedicado hasta hoy a jugar con dos barajas. O más. Y ahora, qué pasa. Por quién me decido- pensarán. Es delicado, ¿verdad? En cambio, la traición continúa estando ahí. Todos la conocemos con nombres y apellidos. Y sabemos que no se encuentra sola. Pero la realidad es que, en aquellos momentos y antes de proseguir con nuestro argumento, conviene recordar que, el pueblo saharaui jamás renegó de su nacionalidad española. Antes al contrario: Marruecos –al igual que hoy está sucediendo en el caso de Ceuta– movilizó a 350.000 marroquíes, entre civiles y militares camuflados, para lograr el fin que pretendía. luego, tras privar a los saharauis de D.N.I. español, los obligaron a abandonar el territorio español. ¿Sucederá algo parecido en Ceuta? Es muy probable. Sobre todo si no se hace nada. Por lo que conviene interpelarse nuevamente al respecto, en un intento de descubrir a qué puede responder esta delicadísima situación, claramente invasiva, de nuestro territorio nacional en la provincia ceutí.

Si nos adentramos en los pasajes bíblicos, así como a otros de carácter militar o civil (como en apariencia ocurre en este caso), el concepto de “invasión” supone claramente llevar a cabo un acto de irrupción en un lugar, efectuado de modo irregular o anormal. Que no tiene por qué ser violento o mediante la fuerza, pero que, en sí mismo, es llevado a cabo en contra de la voluntad de alguien o algo. El bíblico ejemplo de las plagas de Egipto puede servir como evidencia clara de lo que supone en estos momentos cuanto está sucediendo en Ceuta. Una provincia de nuestro territorio nacional que está siendo asediada, ocupada irregular y anormalmente en contra la voluntad de sus habitantes y del propio derecho internacional, violado sin ambages. Y además, con el supuesto consentimiento de un gobierno que, con la falsa excusa del humanitarismo, da cobertura y protección a un hecho que no puede ser, desde ningún punto de vista, permitido ni por la Ley ni por la razón natural de la existencia y derechos de los pueblos, hace dejación continua de su obligación para con el país al que pertenece.

Este es un caso similar al de las plagas de Egipto. Hoy son las plagas del diablo, a las que no puede haber otra forma de verlas sino como un acto deliberado de guerra contra el Estado español. Un acto de guerra encubierto, pero sutil y alevoso a la vez. Un acto de guerra en toda la extensión de la palabra, ante el que el Estado español no puede permanecer impasible.

La actuación permisiva del Gobierno, encabezado por P. Sánchez, no sólo es ineficaz, sino intolerable. Un comportamiento bajo el que se intuye claramente el colaboracionismo soterrado de este Presidente ladino y mentiroso, enemigo de la nación española. Una víbora política que conoce profundamente la tibieza de nuestro rey, Felipe VI, Y ahí es donde radica el verdadero peligro; ya que la Corona, en él representada, carece de poder para actuar sin permiso del parlamento.

Ante esta situación tan aberrante, la única solución es la contundencia. No puede permitirse que una población invasora deambule por las calles de la ciudad ceutí con total y absoluta libertad. Antes al contrario; está más que demostrado que la mayoría de ellos portan armas de todo tipo con las que pueden agredir a personas, e incluso a las Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad de Estado. Su osadía es tal que amenazan a cualquiera que los mire con indiferencia. Incluso a los medios de comunicación cuando están llevando a cabo sus labores informativas. Ocupan los espacios que les apetece. Son alimentados por personas que, según parece, no tienen muy claro lo qué deben hacer con estos individuos; ya que hasta les proporcionan alimentos, tal vez considerando que de ese modo hacen una obra de caridad cristiana. Sin duda desconocen aquello de: “al enemigo, ni agua” y sus motivos. Lo más razonable, por tanto, sería que ese contingente humano descontrolado que se pasea por las calles de la ciudad ceutí estuviese a buen recaudo en un gueto. Y que no les fuese permitido salir de él en tanto en cuanto su situación no estuviese total y absolutamente regularizada. Y siempre que se demostrase su carencia de antecedentes penales en ambos países, o de causas pendientes en el de origen.

El hecho de argüir la excusa del humanitarismo sólo es un argumento de tipo mafioso, utilizado por un gobierno infestado de comportamientos mafiosos. Su práctica sólo redunda en beneficio de ellos mismos, así como en perjuicio de España, a la que odian, tanto en su historia como en sus gentes. ¡¡¡VIVA CEUTA Y LOS CEUTÍES!!! Ceuta siempre será España. Y si hemos de utilizar la fuerza, tenemos todo el derecho de hacerlo. Pese a lo que un gobierno traidor pueda dictar.

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