¿Pueden ser bulos?

by J.A. "GARAÑEDA"

Las declaraciones de Sánchez ante los medios tras los sucesos de Adamuz y Gelida son como echar sal a la mar. Sí, porque este “lirón” de traje y corbata, que deambula por los corredores y salas de panorama político español haciendo labores de paraninfo griego, casamentero y padrino de voluntades, suele mentir más que habla. Lo que concurre en sembrar la confusión entre quienes le escuchan y en el aplauso de los palafreneros en medio de las solemnidades. O, como en este caso, de los infortunios. Y para ello no tiene reparos en disfrazar lo que piensa con palabras mendaces, pero de apariencia sincera y veraz. De tal manera que, cuando hace referencia a la severidad en la investigación de lo sucedido (hechos que han dado como resultado aquellas desgracias), no tiene reparo en utilizar términos que muchos consideran creíbles, pero únicamente por la aparente formalidad que contienen en sí mismos. Luego, la realidad, lo cierto es que hablar de “claridad” y “transparencia” ante un micrófono abierto no presupone necesariamente compromiso alguno. Pues, como reza el refrán, “las palabras se las lleva el viento”, y lo que no está escrito tampoco conlleva obligación.

Este presidente, por tanto, habida cuenta de las veces que ha sido incumplidor de su promesa, no merece confianza alguna. Desde ningún punto de vista. Tal vez la de los chaqueteros, los aduladores, turiferarios, lambiscones, o chalanes. Mas no para cuantos entienden que la palabra dada compromete hasta sus últimas consecuencias.

Y así, de este modo, podríamos llegar a categorizar a todos y cada uno de los que, hoy por hoy y antes por antes, forman y formaron parte del gobierno de este “lirón”. Un personaje que, pese a carecer de cualquier parecido físico con semejante glírido, es capaz de morder tenazmente si se siente atacado por el búho, con tal de defender no ya su dignidad, sino su posición entre los asamblearios. Y tal vez esa “jubilación” prematura que un día le suministrará pingües beneficios ganados de “aquella” manera y haya o no en ello honestidad alguna.

Otrosí es lo del Ministro de Transportes. Un “elegido” desde su figuración como alcalde de Valladolid, donde hizo que sus “pinitos” le valieran el señalamiento a dedo, como es tónica general en su partido. Pues no en vano lo que se busca en los ministrables es que sean ciegamente obedientes y “leales” a su señor. Aunque sea una gualdrapa. Pues de lo que se trata no es sólo de cubrir la figura, sino allí por donde posa las “ancas” su señoría.

De este modo, el señor Puente intenta a toda costa protegerse las espaldas a base de conseguir certificaciones y firmas que avalen su salvaguarda ministerial, para no dejar en mal lugar a quien le tendió la mano para sobrellevar tal responsabilidad. Una carga que, con remiendos, como en sastrería, resulta mucho menos lucida, además de más pesada, que si se realiza de una pieza y con buen gusto.

Sin embargo, en el caso de la política de gobierno de corte socialista, parece que esto no se lleva. Porque ya es vieja costumbre aquello de ir poniendo parches sobre la marcha y andar cada día con trapicheos y manejos, que son los que resultan rentables a corto, medio y largo plazo.

Y como, además, no se cortan un pelo en comprar voluntades o vender lo que sea menester (aunque sea la nación entera) para lograr los fines que se proponen, pues ¡Ancha es Castilla!; que, en este caso sería como decir ¡Ancha es España!

Algunos, en esa aventura de jugar a ver quién acierta más en la “quiniela”, se atreven a afirmar que, en esta ocasión, pueden salir mal parados. Pero yerran en su idea. En la dinámica socialista el término “dimisión” no existe. Sólo se recurre a él cuando alguien de más arriba está en peligro. O el propio jefe. Porque saben que su negocio está sobradamente consolidado desde hace años: las instituciones están “aseguradas”; el poder judicial se politizó cuando era necesario hacerlo; y otro tipo de voluntades caen por su propio peso, porque el “estado de bienestar” alcanzado mediante el “diálogo” así lo asegura. Y porque los seres humanos también han caído de bruces ante la propuesta hamletiana de “ser, o no ser”.

Ahora, se buscará un juez/a que entienda en la causa pero que sea propicio a los intereses del partido. Y si hay un sustituto, el postulado no variará, pues forma parte de esa cuestión misma que Shakespeare patentó con su pluma en 1605. Y fin de la película. Los comentarios entre bastidores continuarán, como siempre, pero no tardarán demasiado en disiparse. Y todo continuará igual. O mejor dicho, un poco peor. Porque todo cuanto se comenta, ya sea en las redes sociales, ya sea en los medios, ya sea en el seno de la propia política, son bulos. O tal vez no. La pregunta es siempre la misma: HASTA CUÁNDO.

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