Después de ver Un poeta, la magnífica película colombiana dirigida por Simón Mesa Soto, me apetecía hablar brevemente de algunos de mis títulos favoritos dentro del cine iberoamericano. Y es que hay películas que se quedan dando vueltas en la cabeza, como si nos obligaran a buscar en nuestra propia memoria otras películas, otros personajes, otras historias que alguna vez nos hicieron sentir algo parecido. Un poeta (2025) pertenece, para mí, a ese segundo grupo.
La película, ambientada en Medellín, cuenta la historia de Óscar Restrepo, un poeta fracasado, envejecido, alcohólico y desencantado magistralmente interpretado por Ubeimar Ríos que encuentra en Yurlady, una adolescente con talento para la poesía, una inesperada posibilidad de redención. Simón Mesa Soto construye alrededor de este personaje una tragicomedia incómoda, divertida por momentos y profundamente triste en otros, y lo hace con una mirada que nunca parece juzgar del todo a sus personajes. Un poeta obtuvo el Premio del Jurado de la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes y posteriormente el Premio Horizontes a la mejor película latinoamericana en San Sebastián. No son malos avales para una película que, además, consigue algo bastante más difícil: hablar de la creación artística, del fracaso y de la necesidad de sentirse útil sin ponerse solemne.

Y es precisamente entonces cuando pienso en el cine iberoamericano. Porque han sido muchas las películas que me han marcado y que, de una manera u otra, han conseguido contar historias cercanas, historias de personas normales enfrentadas a circunstancias extraordinarias. Historias en las que la política, la pobreza, la familia, la amistad, el amor o la libertad aparecen sin necesidad de convertirse en discursos.
Una de las primeras que me viene a la memoria es Fresa y chocolate (1993), dirigida por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío. La relación entre Diego, un intelectual homosexual interpretado por Jorge Perugorría, y David (Vladimir Cruz), un joven estudiante revolucionario, sirve para hablar de la intolerancia, de la libertad y de las contradicciones de la Cuba revolucionaria. Pero la película va mucho más allá de su contexto político. Habla, sobre todo, de la posibilidad de que dos personas aparentemente condenadas a no entenderse terminen descubriendo que tienen mucho más en común de lo que pensaban. Fresa y chocolate consiguió convertir un conflicto político y social en algo mucho más íntimo: la historia de una amistad improbable.

Después incluiría en esta selecta lista El hijo de la novia (2001), esa gran película de Juan José Campanella que, cada vez que uno recuerda, parece crecer un poco más. Ricardo Darín interpreta a Rafael, un hombre atrapado en una vida que se le ha ido haciendo pequeña, entre el restaurante familiar, los problemas económicos, una relación sentimental complicada y una madre enferma de Alzheimer. Es una película aparentemente sencilla, pero ahí está precisamente su grandeza. Campanella consigue hablar de la familia, de los padres, de los hijos, del amor y de las segundas oportunidades sin caer en el sentimentalismo fácil. Una historia cercana que termina hablando de algo que, en el fondo, nos resulta universal: la necesidad de detenernos y preguntarnos qué estamos haciendo con nuestra vida.
Luego está Diarios de motocicleta (2004), de Walter Salles. Aquí el viaje es el gran protagonista. Ernesto Guevara y Alberto Granado recorren buena parte de Sudamérica en una aventura que comienza casi como un viaje de juventud y termina transformándose en un descubrimiento de la realidad social del continente. Gael García Bernal interpreta a un joven Ernesto Guevara que todavía está lejos de convertirse en la figura histórica que todos conocemos. Lo fascinante de la película es precisamente observar esa transformación. El paisaje sudamericano deja de ser simplemente un escenario y se convierte en una especie de espejo. Los protagonistas se encuentran con la pobreza, la desigualdad, los pueblos indígenas y las injusticias que atraviesan el continente. Y, poco a poco, aquel viaje en motocicleta se convierte también en un viaje interior.
Y hay una película reciente que creo que merece estar en esta lista: El agente secreto (2025), dirigida por Kleber Mendonça Filho y protagonizada por Wagner Moura, que además participa como coproductor. Un thriller brasileño ambientado en 1977 que mezcla cine negro, drama histórico y ecos de Pulp Fiction para retratar un país marcado por la dictadura. Una película de enorme personalidad, con un tramo final de ritmo endiablado, que para mí la convierte en una de las grandes obras del cine de la última década.
Quizá eso sea lo que más me gusta del buen cine iberoamericano: que no necesita parecerse al cine de Hollywood para ser reconocido. Tiene su propia mirada, sus propios ritmos, sus contradicciones y, sobre todo, una extraordinaria capacidad para contar historias humanas en Medellín, en La Habana, en Buenos Aires o cualquier rincón de Sudamérica, pero que terminan hablándonos de nosotros mismos. Y cuando eso ocurre, la película ya no termina cuando aparecen los títulos de crédito.






